
El pensó que ya era hora de pasar página, que después de tanto tiempo sufrido por lo que no pudo ser tocaba intentarlo de nuevo, quizás ahora podría ser distinto y por fin alcanzar la felicidad que tanto ansiaba.
A ella la había conocido meses atrás, cuando aún andaba lamentándose por el fracaso de su relación y ella siempre le había alentado a seguir adelante, a superarlo y a «disfrutar de la vida que es muy corta y no sabemos en qué momento se puede terminar».
Ella siempre le había tratado como a un amigo nunca había hecho ni dicho nada que pudiera dar a pensar otra cosa que no fuese amistad por él pero aún así él decidió que quería arriesgarse, puesto que había tomado la decisión de pasar página y lo bien que se sentía cada vez que hablaba con ella, que salían a tomar un café o quedaban para dar un paseo, necesitaba dar un paso más si alguien le podía devolver la felicidad perdida, cada día estaba más seguro que sería ella.
Quedaron cómo cada miércoles para tomar un café y charlar un rato y entre risas, por algo gracioso que había dicho ella, se lo soltó, se puso serio de golpe y un tanto nervioso le preguntó:
-¿te apetece para el puente de la próxima semana venir conmigo unos días a la playa? Un amigo tiene una casita allí y me ha ofrecido ir cuando yo quiera y cómo se que a tí te gusta tanto el mar, pues quizás te apetece. Ella se quedó observándolo, no se esperaba esa invitación, pero menos lo nervioso que estaba él mientras se lo decía, aún así ni lo pensó, le sonrió y le dijo que sí. Le apetecía mucho, no sabía el porqué, pero la idea de pasar esos días al lado del mar y junto a él le pareció un plan estupendo.
Jueves por la mañana a las 9:00, tal cómo habían acordado, ella bajó de casa y ahí estaba él esperando en el coche. Se saludaron y él le ayudó a meter las cosas en el maletero, se le notaba nervioso y ella antes de subir al coche le abrazó y le dió las gracias por la invitación, él parecía que se tranquilizaba un poco, subieron al coche y tomaron rumbo a la playa.
El viaje duraba poco más de una hora, así que se pusieron a hablar del trabajo, de los amigos, de todo un poco hasta llegar al sitio. Una vez allí sacaron todo del maletero y entraron a la casa. Era una casita de una sola planta, con un par de habitaciones, cocina, salón y un sólo baño, pequeñita pero acogedora, en la parte delantera un pequeño porche y el espacio suficiente para dejar el coche. Él le dejó escoger habitación y dejaron las maletas para ir enseguida a ver el mar, aunque no era tiempo ya de bañarse puesto que estaban en otoño, si que podrían pasear y sentarse allí a disfrutar de la vista y de esas charlas entre los dos que siempre se les quedaban cortas, ahora podrían hablar sin prisas, sin el estrés de los quehaceres diarios, esos días iban a ser para ellos dos solos…
Bajaron un pequeño camino y en cinco minutos allí estaban un mar calmado y en ese momento con poca gente, a pesar del día soleado, se quitaron el calzado y empezaron a pasear. A la vuelta llegaron a la casa organizaron todo lo que habían traído y salieron a comer a un restaurante cercano, después de vuelta a casa un ratito de charla y decidieron que irían a ver la puesta de sol a la playa, se lo había recomendado su amigo cómo el mejor espectáculo que podría ver.
Cogieron unas chaquetas finas, puesto que empezaba a refrescar y de nuevo caminaron hacia la playa.
Había más gente que por la mañana, buscaron un sitio un poco apartado y con buena vista, pusieron una toalla en la arena y allí se sentaron uno al lado del otro, estaban en silencio y ella quiso romperlo, -¿Cómo te sientes? Le preguntó, -Me refiero a esa relación que tanto te ha atormentado y te ha hecho sufrir, ¿está superada?
-Más de lo que te puedas imaginar, -le contestó él mientras le sonreía.
-Pues no sabes lo que me alegra escuchar eso, -le dijo ella.
De nuevo se quedaron en silencio, el sol cada vez estaba más bajo y el espectáculo era precioso, en algún momento él pasó su brazo por encima de los hombros de ella y la acercó aún más y ella se dejó llevar y rodeó con sus brazos la cintura de él mientras apoyaba la cabeza sobre su pecho, notó cómo su corazón latía a mil por hora y apretó un poco más su abrazo hasta notar que poco a poco se tranquilizaba. Así estuvieron hasta que el sol se terminó de poner, se soltaron y se levantaron quedándose uno frente al otro, no hubieron palabras, sólo miradas de complicidad, acercaron sus caras, sus labios y se fundieron en un dulce beso.
Se quedaron abrazados y él le dijo muy flojito al oído, -por favor si no sientes nada dímelo, y ella le contestó, -no volvería a romper lo que tanto trabajo me costó arreglar…
B.D.E.B.
