
Hace varias semanas que no he podido acudir a esa cita con el amanecer en el mar. He acudido alguna tarde, pero ese momento del día en que a mí me gusta no ha sido posible.
Hoy justo al salir de casa, era temprano aún, me encontré con unos vecinos que venían justo de allí, de dar ese paseo al amanecer y sentí esa punzadita de envidia sana y casi diría de arrepentimiento por no haber ido yo y pospuesto unas horas los otros planes, porque comenzamos un mes bastante ajetreado con las fiestas y va a estar complicado hacerlo el resto de fines de semana.
Es curioso como nos acostumbramos a hacer algo, a tener como «una cita» y en el momento en que no podemos acudir nos sentimos mal, parece que estemos fallando, puede ser que no a otras personas pero sí a nosotros mismos.
Y es que para mí esas citas son importantes, son una de las terapias que me están haciendo sanar y ahora que a la vuelta de la esquina, está uno de esos momentos que sé que, por mucho que me mentalice, que intente no pensar en ello, y que crea necesario tomarlo con tranquilidad, ya empiezo a pensar en ello más de la cuenta, a tenerlo presente y a no poder evitar que aparezca esa ansiedad y nerviosismo de vez en cuando.
Ahora mientras descansaba de un día un poco intenso, mientras observaba esas imágenes tomadas en muchas de esas citas, con el mar, con el amanecer y conmigo misma, he sentido la necesidad de volver pronto, no sé si llegará a ser en un amanecer o en un atardecer, pero estoy deseando volver a tener una de esas citas para recolocar todo aquello que se descoloca, para dejar la mente en blanco y no sobrepensar, para perder la mirada en el horizonte y soñar con una paz necesaria para poder seguir caminando.
B.D.E.B.




