Es lo que sentí hoy mientras cocinaba ese plato que a tí te salía tan bien.
No pude evitar pensar cuando fue la última vez que lo cocinaste para todos nosotros, lo que te gustaba y disfrutabas mientras lo preparabas y yo allí a tú lado fijándome en cómo lo hacías sin saber (o sin querer saberlo) que pronto ya no serías capaz de hacerlo.
Es una de las tantas cosas que añoro y tengo que dar gracias de que aún estás aquí, que aún te tenemos con nosotros pero cuando recuerdo estas pequeñas cosas, que quizás suelen pasar desapercibidas, pero luego te das cuenta de lo importante que eran.
Hecho de menos esos momentos, cuando llegaba temprano a casa y me metía contigo en la cocina y mientras preparabas esa comida con la que nos deleitabas a todos, no parabas de hablarme, de contarme cosas sobre mis tíos, sobre mis primos o preguntarme cómo me iba a mi todo, en casa, en el trabajo, con los niños…
No se te olvidaba una fecha y llamabas para felicitarnos a cualquiera de nosotros por nuestro cumpleaños, hoy no sabes el día en el que estás…
Añoranza, de volver a esos momentos tan sencillos y para tí ahora tan complicados, me consta que a veces tú te das cuenta y te entristece y yo intento quitarle importancia si estoy contigo en ese momento, aunque más tarde no pueda evitar que las lágrimas resbalen por mis mejillas.
Hoy sentí añoranza, cómo cada vez que hago algo que tú me enseñaste a hacer.
-¿Porque siempre estás tan seria?. Le preguntó una conocida en medio de una conversación. Ella por un momento se quedó parada, sorprendida. -Yo no estoy seria, sólo que a veces, por el estrés diario, que siempre voy corriendo de un lado a otro pues puede parecerlo, pero no estoy seria. Lo dijo tan firme que ella misma por ese momento se quedó convencida, pero más tarde, cuando se fue a casa, no podía quitar esa pregunta de la cabeza, ¿era verdad, esa es la imagen que daba? Seria ¿tenía motivos para estarlo? Seguramente, de cara al escaparate no tenía motivos.
Tenía una vida «normal» pero que muchos quisieran, tal cómo estaba el panorama. Tenía salud, tenía un marido que la quería y dos hijos sanos, con los problemas que dan todos los niños, pero nada fuera de lo normal. También tenía un trabajo fijo que le dejaba bastante tiempo libre y bien remunerado para cómo estaban aquellos tiempos. Tenía su casa, su coche, tenía sus amigos, sus hobbys… ¿No era suficiente eso para ser feliz y no estar seria? Debía de serlo pero ya no estaba tan segura, entonces se miró al espejo y sonrió, la imagen que vio en él no le gustó, se fijó en su mirada, triste, sin brillo, seria…
Sonrisa fingida Ojos tristes, sin brillo Mirada perdida Tú sonrisa puede engañar Tus ojos no Dicen que son el espejo del alma Y que razón tienen Cuando estás feliz brillan Con tu tristeza se apagan Tu boca sonrie Tus ojos quieren llorar Saca lo que tienes dentro Desahoga tu alma Y así podrás sonreír de nuevo.
La niña se encontraba desayunando en la cocina cuando entró su padre y se sentó frente a ella con una taza de café.
-Papi, ¿te puedo hacer una pregunta? -le dijo la niña.
-Claro hija, las que tú quieras.
-¿Cuando me llevarás a ver el mar?
El semblante del padre cambió por completo y se volvió triste.
-Pronto hija, iremos pronto, ¿pero por qué quieres ir a ver el mar? Nunca me has dicho nada.
-Bueno papi, todos mis amigos han ido ya y yo nunca he ido. Además, en los cuadernos que escribía mami siempre hablaba maravillas de él.
-Decía que era un sitio maravilloso, ideal para olvidarte de todo. Cuando se sentaba allí a leer un libro mientras escuchaba el sonido de las olas perdía la noción del tiempo. Dar paseos al atardecer, muchos de ellos contigo, o ver amanecer, ese sol anaranjado reflejado en el agua, era precioso…
La niña terminó su desayuno y cogió la mochila para ir al colegio, salieron los dos de la casa, él padre la acompañó hasta allí, se despidió de ella con un beso en la mejilla y se fue a trabajar.
De camino a la oficina no paraba de darle vueltas a la conversación con la niña y tomó una decisión, ese sábado la llevaria a ver el mar, llamaría para que adecentaran la casita que tenía en la playa y que hacia muchos años que no iba, se armaría de valor y llevaría a su hija al lugar que tanto le gustaba a su madre, sabía que a él le iba a doler mucho volver allí pero no era razón para que su hija no cumpliera ese deseo que tenía.
Viernes por la noche dejó todo preparado y el sábado bien temprano despertó a su hija, sólo le dijo que tenía una sorpresa para ella y que no tenía hacer preguntas, subieron al coche y emprendieron el viaje. En un par de horas llegaron al sitio, el padre aparcó el coche, dejaron las cosas en la casa, en esa casa que aún le olía a ella…y salieron de nuevo a ver el mar.
La niña estaba feliz y más que mirar el mar y el bonito amanecer que había en ese momento, no le quitaba la mirada a su padre, él se percató y le preguntó:
-¿Qué pasa hija?¿No te parece maravilloso cómo pensabas?
-Si papi, es espectacular y me siento muy feliz, pero la verdadera razón por la que quería venir aquí es otra.
-Pues cuéntame hija, te escucho.
-Quería venir aquí porque en la foto que tienes en la mesilla, esa junto a mamá aquí en el mar, se te ve tan feliz cómo nunca te he visto, y sabía que si veníamos aquí volverías a serlo.
Esa tarde, cómo cada sábado, había acudido a la pista de patinaje junto a su amiga. No tenía edad aún para ir a discotecas y lo más parecido era la sala de patinaje, tenía dos pistas para patinar (patines de cuatro ruedas, entonces no había en línea) ponían música disco y había luces cómo si fuera una discoteca, la diferencia es que allí se iba a patinar en lugar de a bailar pero se juntaban las distintas pandillas de amigos para pasar la tarde.
A todo alrededor de las dos pistas, detrás de las vallas había una hilera de sillas y un espacio para estar de pie hablando con los amigos, tomando un refresco y pasando la tarde.
A ella le gustaba patinar pero no se le daba muy bien, lo justo para no caerse pero nada de hacer piruetas ni patinar hacia atrás, lo justito. Eso sí, disfrutaba viendo a la gente haciendo todo eso que ella no sabía hacer.
En su pandilla prácticamente todos patinaban igual que ella, nada especial pero había una pandilla, que cómo ellos acudía también todos los sábados, en la que todos patinaban de forma espectacular, haciendo piruetas, saltos, patinando hacia atrás…una maravilla, ella siempre se quedaba boba mirando cómo patinaban.
Ese día, estaba patinando por la pista y pasó por su lado un chico de esa otra pandilla y le sonrió, no era de los que iban todas las semanas sin fallar, aunque si lo había visto por allí de vez en cuando. Cómo él iba bastante más rápido que ella al momento volvió a pasar y justo a su lado se giró y se puso a patinar al contrario para tenerla de frente mientras le sonreía, al momento le tendió la mano para patinar juntos y ella tímidamente acercó su mano y comenzó a patinar junto a él. El corazón le iba a mil por hora, había patinado otras veces de la mano de algún amigo pero nunca con ningún «extraño» y menos aún con la velocidad a la que patinaba él, ella sentía que en algún momento se pegaría un trompazo porque los pies no le iban a más y él debió darse cuenta porque fue aflojando el ritmo y se frenó para parar y presentarse.
Una vez presentados él le invitó a un refresco y se sentaron a charlar un rato y a conocerse un poco, él le presentó a su pandilla y ella a la suya y luego siguieron ellos dos pasando la tarde entre patinando y hablando hasta que llegó la hora de despedirse y quedaron en verse al día siguiente por el barrio de ella puesto que él no vivía muy lejos de su zona.
Al día siguiente cuando ella llegó al lugar acordado, allí estaba él esperándola, se saludaron con un par de besos en las mejillas y acordaron ir a dar un paseo. Mientras caminaban él acercó de nuevo su mano a la de ella y la miró a los ojos, ella no lo dudó y le cogió de la mano mientras le sonreía. Más tarde se sentaron a tomar un refresco y después él la acompañó hasta su barrio y se despidió de ella de nuevo con un par de besos en las mejillas, sonriendole y mirándola fijamente a los ojos, ella podía ver cómo le brillaban.
Así fueron pasando los días de la semana en los que sólo algunos podían quedar por los estudios de ella y él trabajo de él, aunque sólo le sacaba tres años, había decidido dejar los estudios porque no se le daban bien y ponerse a trabajar. Hasta que llegó el sábado y de nuevo se vieron en la sala de patinaje.
Cuando ella llegó, él se encontraba ya allí patinando y en cuanto la vio entrar se acercó al borde de la pista para saludarla, ella se acercó con una gran sonrisa y al momento estaba con los patines puestos patinando de su mano. Pasaron así un buen rato, él de vez en cuando se giraba y se ponía de frente a ella, siempre sonriente o la soltaba para hacer alguna pirueta o salto y «exhibirse» delante de ella.
Más tarde se sentaron a tomar un refresco, esta vez en unas sillas que habían más apartadas y allí fue dónde él con esa sonrisa tan suya le pidió si quería ser su novia, ella sintió cómo las mejillas le ardían, era la primera vez que un chico se lo pedía y a malas penas se conocían pero no tardó en contestarle que sí. Él sonrió aún más, si es que era posible, y ella le miraba fijamente a los ojos porque sabía que los suyos estaban brillando aún más que los de él, sintió la mano de él en su mejilla y vio cómo se acercaba y ella hizo lo mismo, sus labios se rozaron y se unieron seguidamente en un tierno beso, el primero que a ella le daban y que hizo que le temblara todo el cuerpo, él debió de notarlo porque la rodeó con sus brazos y la abrazó fuerte y así estuvieron por un rato.
El primer amor, el que nunca se olvida aunque no dure eternamente…