Apenas estaba amaneciendo el mar y el cielo tenían un tono anaranjado, el rostro de él era serio, no paraba de mirar aquello que seguramente poco antes acababa de construir, coronándolo con una rosa blanca.
Con mirada triste, cabizbajo, resistiéndose a alejarse de ese «altar» con un paso lento se marchó de allí.
Y allí quedó ese pequeño homenaje, esperando una marea alta que lo deshiciera, que arrastrara consigo la arena, que depositara en el mar esa rosa blanca y que borrara de esa orilla lo que alguien construyó dejando un trocito de corazón.
Si el dolor se pudiera borrar igual de fácil…
B.D.E.B.
*Cuando paseas por el mar, no es solo tu historia, son muchas historias las que llegan hasta allí y el es testigo de nuestras risas, pero sobre todo de nuestras lágrimas.
Un amanecer con nubes de fondo, es completamente distinto a cuando lo hace con el cielo despejado. Las nubes parecen puestas ahí para realzar su belleza, como esos adornos que en ocasiones nos ponemos nosotros.
El reflejo del sol en ellas las pintan de una variedad de tonos distintos a los del mar, es una maravilla cuando amanece así y para mí, son los amaneceres más bonitos.
Esta mañana cuando salí de casa ya sabía que hoy sería un bonito espectáculo para ver, porque a diferencia de lo que pasa en la vida, las nubes de fondo hacen que todo tenga un toque especial, el paisaje se ve más bonito.
En nuestra vida suele pasar justo lo contrario, cuando llegan las nubes nos ponemos en alerta, porque en muchas ocasiones amenazan tormenta y no es lo mismo una fina lluvia, un «calabobos» que le llaman por aquí, a cuando decide descargar con ganas.
Y en esas estamos, disfrutando del paisaje con esas nubes de fondo, de momento quizás llegue esa lluvia suave, sintiendo la brisa del mar y esperando que la tormenta nos deje un poquito de lado.
Dicen que todo esfuerzo y sufrimiento tiene su recompensa…
¿Hay alguna edad o año de tu vida que te gustaría volver a vivir?
Si me dieran a elegir el volver a vivir algo, sería sin duda el primer año de cada uno de ellos.
Desde el momento en que nacen hasta que comienzan a dar sus primeros pasos, se viven momentos tan tiernos y que pasan tan rápido…
El primer momento en que ves su carita, cuando lo sostienes en brazos por primera vez, acunarlos para dormir, observarlos mientras duermen.
Esa primera sonrisa, ese primer dientecillo, el primer balbuceo, esas pequeñas caricias, su primera palabra, sus dulces carcajadas, ese «puchero» que casi te hace a ti llorar.
Tantos momentos en un año que pasan tan rápido.
Luego llegan otros, comenzamos a vivir otros y es algo que durará toda la vida, estaremos toda la vida con ellos y serán lo más importante de ella.
Pero si tuviera que volver a vivir algo de nuevo sería esa primera etapa, hasta que llegan esos primeros pasos, después llegarán más hasta que caminen por la vida sin la necesidad de nuestra mano, aunque siempre la tengan cerca.
Ayer, desde mitad de la mañana, sentí la necesidad de acercarme al mar. Pensé que por la tarde, mientras el chico estaba en el kárate yo me iría un ratillo, no tenía pensamiento de caminar, a esa hora ya es de noche, pero simplemente sentarme allí, ver la luna reflejada y recordar los acontecimientos del día anterior, soltar, llorar si era necesario y reponerme después porque aún hay mucho que hacer y nadie lo tiene que impedir.
Pero como pasa en ocasiones, una cosa es lo que tenemos pensado y otra lo que al final acaba sucediendo, y justo antes de salir de casa, mis planes se modificaron porque alguien me lo pidió, así que me quedé un poquito con las ganas de esa visita al mar, y lo que es peor, soltar eso que aprieta la garganta, pero ya sabéis que los demás son muy importantes para mí, y no puedo dejar de acompañar cuando me lo piden (y cuando no lo hacen pero intuyo que lo necesitan)
Cuando pasan estas cosas, se te queda ahí unos sentimientos contradictorios, uno el haberte quedado con las ganas de hacer eso que te apetecía, que te era tan necesario (o al menos eso pensabas) y por otro lado la satisfacción de acompañar a quien te lo ha pedido. Pero también la vez te quedas pensando ¿Me lo ha pedido porque sabía que no era buena idea que fuera al mar? ¿Sabía que iba a ir allí a desahogarme y acabaría llorando?
En ocasiones las preguntas van con doble intención y, afortunadamente, no siempre esa doble intención es mala, hay quienes nos conocen bien y saben que cualquier cosa puede servir de excusa para hacer otra distinta y quien bien nos quiere, por mucho que el refrán lo diga, no busca hacernos sufrir, si lo hace es sin esa intención.
Accedí y el cambio de planes me hizo bien, estuvimos con un amigo y organizamos para esta noche que es su cumpleaños (uno de tantos que llegan, noviembre es mes de celebraciones incluido el mío, aunque hoy aún es octubre) después al llegar a casa me desahogué aquí, pero de manera distinta, ya no hubieron lágrimas, si pena y emoción al escribir, pero las lágrimas tocó tragarlas, al menos de momento…
Mis ganas de mar no se han marchado, pero ya tenemos aquí el fin de semana y aunque el sábado será un día un poco liado, el domingo espero poder madrugar para visitarlo, para pasear y perder la mirada, para dejar que la brisa acaricie el rostro y para ver ese reflejo del sol que parece que recarga por partida doble.
Dobles intenciones que en ocasiones nos salvan de sufrir y en su lugar nos hacen disfrutar.
Dinos algo que creas que todo el mundo debería saber.
Quizás algún día lleguen a saber, de cada noche que pasé en vela sin más consuelo que una luna acompañando mi desvelo de cada lágrima que rodó por mis mejillas, de cada grito ahogado que terminó en suspiro.
Habrá un día que me atreveré a confesar, cada vacío en cada momento, ausencia de palabras, de abrazos, de estar, de acompañar…
Un día deberán saber, el porqué de mi distancia, de mi falta de sonrisas, de mi mirada apagada y fría, de mi ausencia estando presente.
Lo sabrán, aunque no se atrevan a preguntar, porque un día ya no callaré lo que tuve que callar, lo que guardé por no dañar, por no ofender, por no romper.