Hoy no sé porqué motivo, pero durante todo el día está rondando esta canción mi cabeza. Quizás se deba a mi entrada anterior o quizás porque me transmite mucho.
Creo que todos en algún momento de nuestra vida, hemos sentido esa sensación, que la otra parte no se entrega a nosotros con la misma pasión, el mismo sentimiento.
Os dejo la letra y el vídeo, espero que os guste tanto como a mí.
Saludos B.D.E.B.
«No sé bien como empezar A decirte lo que siento Como puedo dibujar Entre líneas un lamento Un suspiro en un compas De esos que te hacían soñar
Mi desvelo en un papel Al tiempo que se hace eterno Una pluma un cincel Cada piedra un sentimiento Y una a una sangrare Las palabras que no supe pronunciar
Y bailar, como bailan la luna y el sol A escondidas en nuestro salón Cuando nadie nos ve
No me cansaría jamás De enredarme entre tu pelo De perderme sin pensar En tus risas y tus besos Juro que quiero morir Si no vuelvo a despertar junto a ti
Y bailar, como bailan la luna y el sol A escondidas en nuestro salón Cuando nadie nos ve
Y aunque sé Que no hay sueño sin final Que en la orilla acaba el mar Que las hojas mueren Si no hay viento al que abrazar Que si uno no quiere esto no puede durar
Aquí estoy Escribiendo en un rincón Con el alma en mi canción En la que derramo todo lo que no ocurrió Y es que siempre se me olvida Que solo te quise yo»
De nuevo era viernes, ya sabía de antemano que volvería a estar sola. Él saldría de trabajar y se iría a comer con los amigos, o solo, eso no importaba, el caso es que no llegaría a casa hasta no sabía que hora, llevaba ya meses haciendo lo mismo y ante las preguntas de ella la respuesta era siempre la misma
-Necesito mi espacio, mi ratito de libertad.
Ella no terminaba de entender aquello, nunca le impedía nada, no lo tenía atado a la relación, siempre había entrado y salido de la casa cuando quería y ella nunca pedía explicaciones, él las daba sólo cuando quería o le interesaba y ahora de un tiempo a esta parte le salía con esas. Había intentado hablar con él por si había algún problema en la relación pero él aseguraba que todo estaba bien, tan a gusto como el primer día, ¿y ella?…
Terminó de comer y recibió un mensaje, «no me esperes, llegaré esta noche», no se molestó en contestar, dejó el móvil a un lado y se tumbó a descansar un poco, si es que podía… La cabeza no paraba de dar vueltas a las cosas y alguna lágrima asomó en sus ojos, así que se cambió de ropa, se puso algo cómodo, y se marchó a dar un paseo por la playa.
Cuando llegó allí decidió tomar algo fresco en una especie de cafetería tipo chill out que había frente al mar, mientras leía un rato y así daba tiempo a que bajara un poco el sol y no hiciera tanto calor para caminar. Mientras tomaba su refrigerio observó en una de las mesas a un hombre de mediana edad escribiendo en un portátil, le llamó la atención, a ese lugar si que solía ir gente a leer o grupos de amigos a charlar un rato, pero no había visto a nadie allí con un portátil escribiendo y le intrigó la escena ¿estaría trabajando? Terminó su refresco y parecía que el sol ya no «picaba» tanto así que se marchó a dar ese paseo y a pensar en la situación que estaba pasando su relación.
Al viernes siguiente repitió y de nuevo se encontró con el hombre misterioso escribiendo en su portátil y levantando la vista de vez en cuando hacia el mar y en un par de ocasiones hacia ella. Esa escena se repitió varias semanas hasta que en una de ellas, cuando entró él la saludó, ella devolvió el saludo con la mejor de sus sonrisas y pensó que era la primera vez que sonreía desde hacía unos días, desde que había decidido dar por finalizada su relación, le dio a él todo el espacio necesario para que iniciara una nueva vida, sin ella…
Terminó su refresco y como de costumbre salía del sitio para dar su paseo cuando alguien le preguntó:
-¿Te importa que te acompañe en el paseo?
Por un instante se quedó parada sin saber que contestar, ese hombre misterioso quería acompañarla, ¿sería de fiar? algo le decía que si y esa fue su respuesta, si.
Se presentaron y juntos comenzaron a caminar por la orilla del mar, él le contó que era de otra ciudad y llevaba allí a malas penas unos meses, de pequeño había veraneado allí con sus padres y cuando la empresa le ofreció trasladarse a una nueva delegación que iban a abrir en aquella zona, no lo dudó ni un momento. También le contó que le gustaba mucho escribir y que en aquel lugar siempre encontraba inspiración para hacerlo.
Así caminaron largo rato hasta que prácticamente llegó la noche, ahí se despidieron, se intercambiaron los teléfonos y quedaron en verse el domingo para dar un nuevo paseo.
Después de ese viernes llegaron muchos más, ese día de la semana que tanto daño le había hecho anteriormente, ahora era su día preferido, sabía que le esperaba un paseo por la playa al atardecer con su hombre misterioso.
Si ayer hablaba de las cosas buenas y positivas que la familia ha hecho por mí, hoy leyendo una entrada en el blog de un amigo, me ha venido al recuerdo justo todo lo contrario.
Aunque la mayoría de veces hablo de lo bonito de la gente, de las cosas buenas y de toda esa gente que tengo a mi alrededor y que adoro, también (por desgracia) he tenido justo todo lo contrario, quizás por eso agradezco tanto lo bueno que hacen por mí gente que se ha hecho un hueco en mi vida cuando llegaron sin apenas darme cuenta.
Cuando la gente de tu entorno más cercano te hacen daño, y no me refiero cuando hacen algo sin querer, sin saber que te puede doler o molestar, sino cuando hacen las cosas a sabiendas que te están haciendo daño, porque realmente es eso lo que buscan, dejarte herida, hundida y cuanto más mejor. Cuando esto pasa, esa herida con el tiempo puede ir curándose, de fuera hacia dentro, poco a poco pero la cicatriz queda ahí, quizás para recordarte siempre esa herida.
Hay quién dice que es rencor, puede ser, pero cuando algo te ha dolido mucho creo que no lo puedes olvidar, siempre queda algo. y llega un día que el resto de tu entorno olvida «perdona» ese daño que os han hecho y parece que la mala eres tú porque sigues recordando, y porque el resto te lo pide tú cedes y dejas entrar a esas personas de nuevo en tu círculo, pero sin que logren atravesar esa coraza que te has puesto, quizás intuyes que será cuestión de tiempo que lo vuelvan a hacer…no te equivocabas, ese día llega.
En ese momento es cuando esos lazos se rompen y sabes qué nunca más van a formar parte de tu vida, que no les deseas el mal porque tú no eres así pero no los quieres a tu lado, ni ahora ni nunca, porque en esta vida hay palabras y acciones que duelen más que cualquier arma.
Explica algo positivo que un miembro de tu familia haya hecho por ti.
Tantas cosas positivas y tantos miembros de la familia que no sabría elegir una sola.
Empezando cuando con unos pocos días de vida mi tío me la dió de nuevo. Cuando mi madre y el resto de familia pensó que ya no volvería a respirar, él consiguió que volviera a hacerlo. Desde que tuve uso de razón y me contaron la historia, por vida le estuve agradecida.
Mis padres, tantas cosas, toda su vida queriéndome y protegiéndome (aún lo siguen haciendo) apoyándome y ayudando en todo, nunca me dieron la espalda y sé que así seguirá siendo, que el día que me abandonen será porque llegó el fin de su vida, y ojalá tarde mucho en llegar ese día.
¿Y mis hermanas? Si he necesitado una mano, ellas me han dado las dos, siempre a mi vera, pendientes de mí y de cualquier cosa que me pasara, incluso la que es más pequeña que yo. Somos una piña y aunque a veces tengamos diferencias de opiniones, en lo importante somos una, y cualquier problema lo compartimos para que sea más llevadero.
Y él, nunca estuvo pero siempre presente, os dejo una carta que escribí no hace mucho, con ello sobran más palabras…
Si me preguntan por restaurantes tengo varios favoritos, donde no sólo me gusta la comida que preparan también tengo mucho en cuenta el trato que tienen con la gente.
Ahora, si me preguntan mi sitio preferido para comer, o donde me gusta ir a comer, la cosa cambia y mucho.
Me gustaría ir a comer un domingo a una vieja casa, perdida en mitad del campo, justo al final de un camino, dónde sentados en el porche, te reciben una señora con un pañuelo en la cabeza, su vestido de cuadritos oscuro y un delantal negro, sentada en una mecedora y con un bastón en su mano. Justo a su lado un señor delgado, con cara seria ojos azules como el mar y que brillan al verte, tanto cómo para despejar la seriedad del rostro, con su sombrero, sin él no lo reconocería.
Todos los domingos se cocina paella, exquisita, hecha a la leña y con todo el amor del mundo, la señora ya es mayor pero sus hijos se encargan de ayudarle y la vieja casa se llena de comensales, niños y mayores degustan ese plato realizado con tanto esmero.
También me gustaría ir a cenar a una pequeña casita, como también lo son sus dueños, pequeños de altura pero grandísimas personas. Ella con su pelo blanco recogido en un moño, él bajito, regordete y con el poco pelo que le queda blanco también. Te reciben con un caluroso abrazo y un beso en la mejilla. En esa casa preparan deliciosas comidas, por el día se come en el patio, a la sombra de la parra, por la noche en una pequeña sala de dentro y como siempre hay algo que destacar, de este sitio recuerdo unas tortillas a la francesa que la señora con tanto cariño, como sólo una abuela puede tener a sus nietos, las preparaba cada vez que la visitaba.
Y por último, los sábados en mi hogar de siempre, aparte de mi casa propia, la que también lo ha sido y lo será mientras ellos vivan.
Allí te recibía siempre una pareja alegre una mujer con unos preciosos ojos verdes y una sonrisa nada más verte, siempre hablando, dicharachera ella y feliz de cocinar para todos. Él un poco más serio y refunfuñón pero siempre contento de tener su casa llena.
Los dos platos estrella, «arroz en costra» y «caldo con pelotas» típicos de su tierra, aprendidos de su madre y la receta perdura en sus hijas.
A los dos primeros hace muchos años que ya cerraron y no volví a ir, pero recuerdo esos olores, esos sabores, como si fuera ayer, los añoro y los echo muchísimo de menos, principalmente a quienes los regentaban.
El último, lo sigo visitando aunque no se cocina ya allí, la señora perdió el libro de recetas, pero aún así te siguen recibiendo con el mismo cariño de siempre y el amor también nos alimenta ¿verdad?
No hay mejor restaurante que aquel en el que se cocina con todo el amor del mundo.