La verdad que romperme un hueso como tal, nunca me lo he roto. Hace años el menisco y no sé en qué momento fue, y también estoy operada de los dedos del pie, pero esos más que romperse los taladraron y pusieron tornillos, espero nunca más, porque no he sufrido dolor peor, o si…
Pero si me han roto cosas más delicadas, el alma y el corazón, y eso amigos, duele más que esa operación, mucho más, y la recuperación es mucho más larga y dolorosa, si es que en alguna ocasión se termina de curar.
Y lo malo de las roturas (tanto de huesos como emocional) esa que con los años, conforme nos hacemos mayores, cuesta mucho más de sanar.
Cuando un niño se rompe un hueso en pocas semanas lo tendrá soldado, y en poco más hará vida normal. Cuando nos pasa a cierta edad, ese tiempo es mayor, luego llega la rehabilitación, y mientras rezamos para que tengamos suerte y se nos quede bien.
Pero cuando la rotura no es de huesos…ahí no sabemos el tiempo, imagino que depende de cuanto nos hayan roto, porque a veces es una pequeña herida, pero otras nos rompen en mil cachitos y es complicado recomponerlos, siempre faltará alguno que no vuelva a su sitio, aquí creo que no hay rehabilitación, queda reposar y esperar que la herida cicatrice, a su aire, que se tome su tiempo.
Es curioso porque la mayoría de huesos nos los rompemos de niños o adolescentes (yo era demasiado tranquila para romperme nada), pero las otras roturas suelen ser ya de adultos y aquí no importa lo tranquilo que seamos, que te portes bien, aquí creo que ninguno estamos a salvo por mucho que nos lleven entre algodones.
Agarra fuerte mi mano, camina a mi lado y no me sueltes, yo prometo no soltarte. El camino es duro, difícil con muchos baches que evitar, muchas piedras que esquivar, y charcos que saltar.
Agárrate fuerte y apóyate en mí, cuando las fuerzas desvanezcan, cuando el cansancio nos supere, cuando el dolor sea profundo, no me sueltes…
Cuando los problemas ahoguen, cuando la cabeza estalle, cuando el corazón se rompa, cuando la vida duela, no me sueltes.
Y cuando todo pase, cuando sonriamos de nuevo, cuando el corazón esté alegre, cuando toque celebrar y dejar las penas en el olvido…
Ahí, sigue sin soltarme.
Porque seguiré a tu lado en tus victorias, en tus derrotas, para secar tus lágrimas o reír a carcajadas, sin soltarte, sin soltarnos…
Amanecer un día cualquiera desde la ventana de la oficina.
¿Cómo mantienes el equilibro entre el trabajo y la vida personal?
Difícil cuestión muchas veces. Bien por los horarios, otras veces por problemas, jefe, empleados, compañeros y al final terminan llevándose a casa, el mayor de los errores, pero en ocasiones es difícil dejarlo allí.
La cosa se complica aún más si es un negocio propio, si la pareja trabaja en la misma empresa…ahí aún es más complicado ese equilibrio.
Conciliar el trabajo con la vida personal si tienes la suerte de tener un buen horario, o flexible, incluso teletrabajar, creo que es más sencillo. Si hablo de mi propia experiencia, trabajar una jornada intensiva, sólo de mañanas y la mayor parte de los días desde casa, facilita mucho la tarea de esa conciliación, tienes bastante tiempo libre para ocuparte de la familia, de tus hobbys o para lo que quieras. Siempre digo que en ese sentido soy una privilegiada…
Pero el tema más complicado, en mi caso al menos, es dejar aparte el trabajo de la vida personal, casi tarea imposible cuando se trabaja juntos en un negocio tuyo.
Imagino que es el paso de los años el que nos enseña a hacerlo, después de que hayas tenido muchos problemas trasladados a esa vida personal y que van dañando la relación familiar, llega un momento que toca parar y decir «hasta aquí» y a partir de ese momento intentar por todos los medios no hablar de trabajo, como decimos «cambiar el chip» fuera del horario laboral, y si alguna conversación llega al final a hablar del tema laboral, darse cuenta de ello y buscar otro tema de conversación.
¿Difícil? Mucho, ¿imposible? No, se llega a conseguir y sobretodo es necesario que se consiga para el bien de la relación y de la familia.
Habrán momentos en que algo más «grave» o alguna decisión importante, lo complique todo un poco y sea más complicado, pero tienen que ser momentos puntuales, situaciones excepcionales, no por costumbre, porque si no estamos perdidos y ese equilibrio no lo conseguiremos nunca.
Anoche leí esta pregunta antes de acostarme y me quedé pensando si tenía alguna respuesta para ella, no me llevó mucho tiempo en dar con ella.
A lo largo de nuestra vida creo que todos hacemos sacrificios, pero realmente no lo consideramos así, muchos los hacemos por otras cosas que queremos conseguir, otros por personas a las que queremos y de estos últimos, algunos (la mayoría diría) los hacemos por gusto, porque nos nace y queremos hacer felices a esas personas, pero en ocasiones es porque alguien te lo pide y el amor puede más que tú y aceptas.
Hace unos doce años dos personas me hicieron mucho daño, no a mi sola, a unos pocos (por no decir todos) del grupo familiar. Pero a veces pienso que sólo me dolió a mí, porque fue suficiente una pequeña disculpa dos años después (a mí personalmente nunca me la dieron) para que todo se olvidara… Quizás es lo normal y la rara soy yo, pero creo que para disculparse hay que sentirlo porque una disculpa por conveniencia, a mí no me sirve.
Yo prometí no sentarme más en una mesa con esas personas, pero el amor dicen que todo lo puede y finalmente me tocó romper la promesa. Para mí fue un gran sacrificio, porque no soy persona de romper promesas y porque cuando algo se rompe del todo, es muy difícil repararlo (nunca más fue lo mismo).
Y como el tiempo desenmascara a las personas, cuatro años después la volvieron a hacer pero más «gorda», el golpe fue más duro, sólo contra una parte de la familia, pero con mucha intensidad.
Este es el único sacrificio que lo considero como tal, porque el resto yo diría que los he ido olvidando, pero hay cosas que no se pueden olvidar.