
El día es un bullicio, no paran de llegar barcos llenos de gente, las playas y calas medio desiertas a primera hora de la mañana, se empiezan a llenar de sombrillas, toallas y bolsas, mil colores cubren el suelo y miles de personas se sumergen en sus aguas.
Por las calles pasean, apenas sin fijarse en los pequeños detalles, sólo en las cartas de los restaurantes donde comer y en alguna tienda de souvenirs. Pasan por alto los pequeños altares, la muralla que rodea la isla, la pequeña iglesia, hasta esas figuras de animalitos que hay en el parque.
Pasan por alto esas pequeñas banderas y farolillos, que indican que no hace mucho estuvieron en fiestas.
Y cae la tarde… todos en fila esperan el barco para regresar a sus hogares, y en la isla se quedan los pocos habitantes junto con algunos visitantes que decidieron hacer noche allí y observar ese pequeño espectáculo que también forma parte de la isla.

Y se vuelve a la tranquilidad, a esa que alguien quiere romper, pero no se le permite, ahora llega el momento de disfrutar del descanso, de la isla en forma de hogar, de descansar de ese bullicio de todo el día.
Y mientras observo ese sol caer, mientras me llega esa tranquilidad, recuerdo otro bullicio, no es un ir y venir de gentes, pero si de palabras, si de emociones, de intranquilidad, de pensamientos.
Y cuando por fin todo está en calma, mientras das ese paseo con los últimos tonos anaranjados, mientras respiras esa paz en el ambiente, te preguntas cuando llegará la tuya, te preguntas en qué momento caerá la tarde en tu alma y llegará esa paz a tu interior.
B.D.E.B.





