
Me he acostumbrado tanto a los amaneceres en la playa los domingos, que cuando llevo algunas semanas con compromisos, trasnochar… y algunas historias más que lo han impedido parece que me falta algo, que las «baterías» que suelo recargar en esos paseos, ya están parpadeando y pidiendo su carga para poder seguir adelante.
Para mí el amanecer, siempre lo digo, es una nueva oportunidad para ser feliz, es el comienzo de un nuevo día (aunque este comience unas cuantas horas antes) y nos brinda de nuevo esa oportunidad, quizás porque por parecidos que sean, no hay un amanecer igual a otro (a las pruebas fotográficas me remito, no puedo verlos sin cazarlos) y así mismo cada uno nos ofrece su oportunidad de aprovechar ese día.
Hoy de nuevo no he podido ver amanecer, aunque si me descuido casi lo veo antes de acostarme, y cuando ya vamos echando años encima, trasnochar tanto pesa, cada vez más, así que después estás todo el día con un cansancio acumulado y aunque vas haciendo tareas, necesitas entre una y otra sentarte un poco para poder continuar.
Y mañana además, cuando salga camino al trabajo ya será de día, no será como la semana pasada que veía amanecer desde la oficina, ahora con ese cambio de horario amanecerá antes de que salga de casa.
Así que tocará esperar al siguiente fin de semana para disfrutar de nuevo de ese pequeño espectáculo que nos ofrece la naturaleza y que tanto me gusta y me recarga.
Esos amaneceres ya se han convertido en mucho más, se han convertido en una forma de hacer ejercicio (el paseo lo intento hacer un poquito largo) se han convertido en volver a esa pasión por la fotografía que durante un tiempo estuvo dormida, en una buenísima forma de desconectar y a la vez conectar conmigo misma y por supuesto conectar con el mar y dejarme llevar.
Perder la vista en el horizonte se ha convertido en una rutina en esos paseos, primero capturo imágenes como esta y después, durante unos minutos mi mirada se pierde allí, donde él apareció un poquito antes y su luz aún brilla con fuerza.
B.D.E.B.




