
Esta mañana me he encontrdo en las redes una serie de viñetas que hablaban sobre las palabras que no decimos, que se quedan ahí, a mitad de camino, y no llegan a ser pronunciadas.
Algunas de ellas quizás por miedo a pronunciarlas, por no atrevernos, otras por no herir, algunas que pensamos que ya no merece la pena ser pronunciadas y otras porque no queremos repetirlas para que de nuevo caigan al vacío.
Y se quedan ahí, en ese espacio que va del corazón a la garganta, formando un nudo que después es difícil de deshacer y lo peor de todo es que si al final lo hace, igual salen todas de golpe, atropellándose las unas a las otras sin preguntar si el receptor necesita saber de todas ellas.
Lo mejor sería no guardarse nada (o casi nada) soltar aquello que necesitamos, que nos angustia, o que queremos que el otro sepa, preguntar si es lo que deseamos, contar aquello que nos mantiene en vilo, aclarar ese malentendido o explicar aquello que quizás no se haya entendido, porque a veces no se trata de decir las palabras, también saber como hacerlo y utilizar las adecuadas.
Desde hace un tiempo callo menos de lo que lo hacía antes, procuro pronunciar todo aquello que necesito, pero aún así, siempre quedan palabras sin decir, sin pronunciar y preguntas sin hacer. Quién sabe si será algún día…
B.D.E.B.




