
Última tarde del verano, comienzas a caminar entre el bullicio de la gente, así como el que se encuentra en tu cabeza. Este paseo es muy diferente a los de siempre, el sol ya empieza a esconderse tras los edificios, y tú no consigues desconectar, ni siquiera cuando el sonido de las olas es más fuerte que el de la gente, el de tu mente parece que lo supera.
No desistes y continúas caminando, aunque por un momento pasó por tu cabeza el volverte y desistir, pero sigues adelante (siempre lo haces), y con un poco de esfuerzo, porque cuando faltan ganas también faltan fuerzas, llegas a tu lugar (o bastante cerca, los pescadores se te adelantaron), y una vez allí parece que todo cambia, observas como las olas rompen suavemente entre las rocas, y comienzas a respirar profundo y a despejar la mente, desconectar de aquello que te preocupa y conectar con el mar, ahí se produce la magia.

Comienzas el camino de regreso y ya todo es como siempre, disfrutas de caminar sobre la arena, de que las olas mojen tus pies (el agua ya más fresca que cuando llegaste). Observas las nubes como van cambiando de tonos, de los blancos a los rosados y de ahí a unos más anaranjados.
Sorprendentemente tu cabeza no piensa en nada más que captar esos momentos, el regreso ha sido en silencio, apenas queda gente pero tu mente también ha callado.
El día acaba, la semana y el verano. Al fondo ves sobre una nube reflejarse los últimos rayos de un sol que ya está prácticamente escondido y al captar ese momento, observas unos rayos resplandecer entre la nube, quizás amenaza tormenta, pero tú acabas de conseguir la calma.

B.D.E.B.




