
Hay días en los que la sensación de ahogo pesa. Van pasando las horas esperando algo que en el fondo sabes que no va a llegar.
Es curioso porque esa espera hace que todo vaya pesando, que los nervios se vayan acumulando, y que finalmente estalles o simplemente decidas salir de casa, respirar aire fresco y calmarte un poco.
Hoy uno de esos días (uno más), quizás ya sabía que pasaría, el dolor de cabeza a primera hora de la mañana, la presión en el pecho y estar «alerta» cada vez que suena el teléfono o llega un mensaje. Y al final todo sigue igual. Y ahí es cuando necesitas salir fuera y respirar, porque parece que algo te lo impida.
Sales a la calle y ves que hay más nubarrones que en tu alma, pero no importa, y casualidades de la vida, que terminas al lado del mar,aunque ese no era el primer plan.
Y allí, mientras lo observas, mientras mantienes esa conversación con tu gente, respiras y sueltas, el nudo desaparece, la presión ya no presiona tanto y los nervios se calman. Te fijas en que el mar está revuelto y amenaza una buena tormenta, pero no te intimida, quieres seguir ahí.
Después viene un pequeño paseo, la noche se acerca y la tormenta aún más, quizás sea la culpable de esa oscuridad tan temprana, pero no importa, continuáis con la conversación y sintiendo esa brisa que, aunque no es tan fresca como gustaría, al menos se lleva un poco del calor sofocante.
El paseo dura hasta que llegan las primeras gotas, pero es suficiente para volver a casa en calma.
Una vez más, el mar consigue la calma que necesito, una vez más sé que la conexión siempre existe con él.
B.D.E.B.






