Hay veces que ese lugar no mejora, que por mucho que tú lo intentes nada mejora y los que tienen la capacidad de hacerlo no lo hacen. Es en ese momento, en el que tomas la decisión de buscar un lugar mejor donde vivir, y junto a lo más valioso que tienes, tu amor, tu familia, partes rumbo a ese sueño por alcanzar.
Y llegas (si eres de los afortunados que lo consiguen), y te encuentras en un lugar extraño, con un idioma que en ocasiones no conoces, y observas que el sueño que te habían contado, no es como te lo habían contado…
Intentas sobrevivir, darles algo que llevarse a la boca a tu familia, te ayudan pero no es lo que buscas, quieres valerte por ti mismo y no te lo ponen fácil.
Vas a por ese sustento y mientras otros utlizan monedas, tu te sirves de un papel prestado, sientes las miradas, te sientes «raro», diferente, unas miradas acusadoras, otras de lástima, otras… simplemente ayudan.
Agradeces, te marchas y seguramente desgarrado por dentro, ojalá pudieras cambiar ese lugar.
Ojalá se pudiera cambiar el mundo, ojalá todos tuviéramos las mismas oportunidades…
Seguramente en mi ciudad, como en tantas otras, hay muchas cosas por mejorar pero cuando estás encantada con ella pues quizás no sabes en que podrías mejorarla.
Recuerdo de niña, cuando a cada domingo íbamos al pueblo a visitar a los abuelos (a unos pocos kilómetros de la ciudad), cuando volvíamos por la tarde-noche, lo primero que divisaba era el monte Benacantil con el castillo de Santa Bárbara coronando. Era una sensación de haber llegado ya a casa, a mi hogar.
Esa misma sensación la he seguido teniendo ya de adulta y a día de hoy la sigo teniendo, ahora quizás también por el «miedo » a la carretera, cuando llegas a tu ciudad te relajas un poco y para mí ese monte y castillo son el símbolo de la ciudad, de llegar de nuevo a casa.
Y como comenté en la entrada del puig campana, aquí os dejo la leyenda de «la cara del moro» espero que os guste.
«La leyenda de la cara del moro narra la historia del príncipe musulmán Ben-Abed-El Hacid, quien vivía en la fortaleza del Benacantil junto a su hija, Zahara. Ben-Abed era un hombre malvado y codicioso, cuya única preocupación era su riqueza y su hija. A pesar de sus intentos de encontrarle un marido a Zahara, esta se enamoró de Fernando, el hijo del enemigo cristiano de su padre.
Cuando Ben-Abed descubrió la relación entre Zahara y Fernando, decidió casar a su hija con el sultán de Damasco. Ante la negativa de Zahara, su padre la golpeó y ella confesó su amor por Fernando. Ben-Abed le prometió a su hija que mataría a Fernando y que nunca permitiría su unión. Después de una serie de eventos, Ben-Abed propuso un pacto a Zahara: si las laderas de Benacantil amanecían cubiertas de blanco, le permitiría casarse con quien quisiera; de lo contrario, tendría que obedecerlo hasta su muerte.
A la mañana siguiente, Zahara vio que los almendros del monte estaban en flor, aunque no había nevado. Sin embargo, llegó tarde para salvar a Fernando, quien ya estaba muerto. En su intento por salvarlo, ambos cayeron al precipicio y murieron. Al presenciar la tragedia, Ben-Abed también se lanzó al acantilado y murió, quedando su cuerpo atrapado entre los riscos.
Al día siguiente, la gente descubrió que la roca del monte Benacantil había tomado la forma de la cara de Ben-Abed, y se propagó la creencia de que había sido castigado divinamente, con su rostro quedando eternamente expuesto a los elementos naturales.«