Amigos y enemigos…

Amigos y enemigos…

Hoy, revisando carpetas de correos en que tengo guardados hace mucho tiempo, me encontré con una historia que alguien me envió en su día, y que como muchos de los correos que me gustaban, lo archivaba en una carpeta y los dejaba como pequeños tesoros.

Algunos de estos correos eran relatos propios de amigos que tenían una imaginación excepcional (como muchos de vosotros), otros se decantaban más por la poesía (como mi amigo Javi, más tarde escribió un par de libros), todos ellos ahí siguen guardado y de vez en cuando, les echo un vistazo y me vuelvo a emocionar,o recuerdo aquella vez que lo recibí por primera vez,me acuerdo de aquellas personas…

Este es una historia que no sé quién la escribió, que era de esas muchas que se reenviaban a muchas personas, os la dejo aquí y os comento:



Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa.
Se llamaba Kile. Iba cargando todos sus libros y pensé: «¿Por que se estará llevando a su casa todos los libros el viernes?
Debe ser un «empollón». Yo ya tenía planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el
sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino. Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando lo alcanzaron le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo. Vi que sus gafas volaron y cayeron al suelo como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus gafas. Vi lagrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos sus gafas y le dije, «esos chicos son unos tarados, no deberían hacer ésto».  Me miró y me dijo ¡gracias!». Había una gran sonrisa en su cara; una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Lo ayudé con sus libros. Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada. Caminamos hasta casa. Lo ayudé con sus libros; parecía un buen chico. Le pregunté si quería jugar al futbol el sábado conmigo y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana.
Mientras mas conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mi como a mis amigos. Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me paré y le dije: «Hola, vas a sacar buenos musculos si cargas todos esos libros todos los días». Se rio y me dio la mitad para que le ayudara. Durante los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya estabamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo, a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema. El estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol. Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era uno de ésas personas que se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que yo y todas lo adoraban. ¡Caramba! algunas veces hasta me sentía celoso…
Hoy era uno de esos dias. Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una palmadita en la espalda y le dije: «Vas a estar genial, amigo». Me miró con una de esas miradas de agradecimiento y me sonrió.»Gracias», me dijo. Limpió su garganta y comenzó su discurso: «La Graduacion es un buen momento para dar gracias a todos aquéllos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador… pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les voy a contar una historia». Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la historia del primer día que nos conocimos.
Aquel fin de semana él tenia planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros con él para que su madre no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela. Me miraba fijamente y me sonreía. «Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable». Yo escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud. En ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras:

«Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal.«

Es una historia que posiblemente no sea «cierta» sino inventada, pero si que es cierto que hay muchos (más de los nos gustaría) «Kyles» en el mundo y desgraciadamente no todos tienen la suerte de encontrar un amigo como el de la historia, cada vez se oyen más casos, también porque hoy en día nos enteramos de todo bastante antes, porque este tipo de «abusones» siempre los ha habido (más de uno seguramente de niños hemos recibido algún «piropo»de ellos), pero creo que esto es algo que habría que cortar de alguna forma por complicado que sea.

B.D.E.B.

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