¿En qué mundo ficticio sería más divertido irte de vacaciones?
Lo he dicho en muchas ocasiones y me reitero en ello, creo que no es el lugar, es la gente o lo que uno busque o necesite para divertirse.
Cuando voy de vacaciones, ya sea a un viaje, aquí al camping o a alguna casa familiar o de algún amigo, intento siempre estar bien rodeada y buscar el hacer aquello que me divierta y me haga pasar unas buenas vacaciones.
Creo que no es preciso buscar un mundo ficticio, el mundo en el que vivimos podemos hacerlo divertido por un rato, buscar la manera de «evadirnos» un poquito de la realidad porque sin ello sería imposible.
Si tuviera que buscar algo ficticio la verdad que no sé muy bien a qué mundo me trasladaría, quizás a uno con bonitos paisajes para fotografiar, a uno con mil colores, naturaleza por todos los lados y el mar, y poder tumbarme a observar la luna y las estrellas, y si me doy cuenta, eso no sería ficticio, eso ya existe en mi mundo y quizás sea lo que busco siempre en mis vacaciones, si le añadimos la compañía correcta, la diversión está asegurada.
Hoy soy yo la que hace la pregunta. No es la primera vez que me dicen «no te tienes que tomar las cosas así», pero ¿es posible no sentir?, ¿es posible controlar los sentimientos?, si es posible que alguien me explique como se hace.
Hace tres meses los perretes tuvieron dos cachorros, escribí dos entradas sobre ellos, cuando se los entregué cada uno a una familia de amigos porque quise que se quedaran en un entorno cercano para verlos crecer y asegurarme de que estarían bien cuidados.
Creo que acerté de lleno porque hice felices a dos familias y desde el minuto cero se convirtieron en un miembro más de ellas.
Uno de los cachorros lo tienen mis vecinos del camping por tanto lo estoy viendo a diario y es un lujo ver como juega con los míos. El otro lo tiene mi compañero de trabajo y cada vez que hablamos le pregunto por él.
Quedamos que vendría un día al camping para que se reunieran los cuatro y hoy recibí un mensaje de él preguntando si me pillaba bien para llamarme y yo pensaba que sería por ese motivo pero me equivoqué, no era para darme buenas noticias. El cachorro se ha puesto muy malito y está hospitalizado y estas próximas veinticuatro horas son importantes para saber si seguirá adelante.
Mientras me contaba yo intentaba mantener la compostura, darle ánimos de que todo iba a ir bien, pero en cuanto colgué el teléfono no pude evitar romper en llanto. Me puse en lo peor y no podía quitarme esa idea de la cabeza y recordar a ese pequeño «gruñón» como yo le llamaba, luchando por mantenerse en vida.
Y entonces llega cuando, quienes no te quieren ver así porque les duele, te dicen que no te pongas así, que te lo tomes de otra manera, de ahí mi pregunta, ¿es posible no sentir?
No puedo remediarlo, mis sentimientos, mis emociones, no tienen control y no quiero que lo tengan. Creo que hay que sentir, hay que emocionarse, hay que reír, pero también hay que llorar.
Solo intento controlar mis emociones cuando no quiero que me vean mal algunas personas, porque no me interesa que sepan de mi debilidad para hacer aún más daño. Aún así me cuesta controlarlo pero con estas cosas se escapa a mi control y creo que es necesario dejar fluir los sentimientos, emocionarnos, reír o llorar, sentir.
Comenzaba a atardecer y ella ya se encontraba en el otro lado escondida tras las nubes. Es lo que tiene estas tardes de finales de agosto, la luna asoma pronto como si quisiera despedirse del sol, en un lado nubes grises cubriéndola, del otro nubes tintadas de mil colores mientras el sol se esconde tras la montaña.
Las tardes comienzan a acortar, nosotros vamos dando los últimos coletazos antes de regresar a las rutinas. Intentamos exprimir al máximo los días, aprovechar cada momento, compartir risas, conversaciones, baños en la piscina y comidas.
Y después observar con detalle esos atardeceres, esas nubes cubriéndola y pensar en cuando a ti te ocurre lo mismo, cuando las nubes cubren tu brillo, cuando un sueño cambia un poco tu día, aunque no lo cuentes a nadie, aunque lo guardes como si de un secreto se tratara.
Las nubes son rápidas y cubren por un solo instante, cuando te das cuenta ya pasaron, ya ella aparece despejada y tú sonríes de nuevo.
Las tardes van acortando y eso te recuerda que ya son los últimos coletazos que quedan, y después…
Después lo más probable es que lleguen más nubes, es lo que tiene septiembre.
Los primeros días de estar aquí siempre me gusta comprar alguna plantita para, no solo decorar, cuidarla y observar el cambio de esos primeros días a cuando llega el final de las vacaciones y regreso a casa y ellas conmigo.
Primero compré dos pero iba detrás de un jazmín y aproveché el primer domingo de mercadillo para hacerme con él. El otro día observé que había dado su primera flor, después llegó otra, y hoy me he fijado que hay unas cuantas más que se abriran en breve.
El jazmín me recuerda siempre a las noches de verano, su olor junto al galán de noche me trasladan a mi infancia y más tarde a los primeros veranos de camping pero hace muchos años, cuando simplemente era una jovenzuela con miles de sueños por delante y ganas de comerme el mundo.
Creo que lo escogí por eso, porque a veces necesitamos recordar, necesitamos volver a sentir y necesitamos ver como dos ramitas se convierten en algo más y comienzan a florecer y perfumar esas noches de verano que ya van llegando a su final.
Por algún extraño motivo aquí las plantas se me dan mejor, pasan de dos pequeñas ramitas a unas cuantas más, comienzan a florecer, crecen y con un poquito de suerte en casa seguirán haciéndolo.
Supongo que ellas aquí están igual de bien que me siento yo, les debe de gustar estar al aire libre, sentir que no están entre cuatro paredes, sin presión, sin nada que les impida crecer y florecer.
Esta planta me ha traído esos recuerdos, me acerqué a oler sus flores para regresar allí, a ese momento, a esos años que no regresarán pero afortunadamente tenemos la posibilidad de seguir soñando, de seguir queriendo comernos el mundo, de seguir floreciendo.
Cae la noche y en apenas un momento llega la tranquilidad, comenzamos a hablar flojito, y a observar más a fondo de lo que lo hacemos durante el día.
Buscamos ese momento de paz, de tranquilidad, ese que es solo nuestro. Un momento que creo espero durante el día.
Se agradece la compañía, el compartir, la diversión, pero cuando cae la noche llegan las ganas de ese ratito en soledad, aquí se disfruta casi a diario. Por el día es un no parar pero después de la cena, de la tertulia, toca estar conmigo misma.
Toca leer, escribir, pensar, reflexionar… toca un ratito de paz y, salvo mi negrita que le gusta acompañarme en ese momento (y no se lo puedo negar) necesito mi tiempo de soledad, con la única compañía de ese «yo» interno.
Cae la noche de esa recta final de las vacaciones, en una semana cambiaré este techo repleto de estrellas, por uno de cemento que no dira nada, pero aún así, cuando caiga la noche, seguiré buscando ese momento tan necesario.