
Una mesa larga, con diecinueve comensales, de todas las edades, comiendo, bebiendo, conversando entre bromas y risas, las más pequeñas captando toda la atención, los más mayores observando con su particular brillo en los ojos, aunque alguno no recuerde porqué está allí.
Y al terminar la comida, el más veterano con sus noventa y cuatro años y mirándome con nostalgia me dice «como me gusta que nos reunamos todos aquí, esto me da vida, todos sentados alrededor de la mesa, sin discusiones, conversando alegremente, me gusta mucho que vengáis aquí». Y yo no puedo evitar emocionarme, un tiempo atrás la relación era lejana con esa persona, ahora es bastante cercana y habitual, su casa se ha convertido en un punto de reunión para la familia, él feliz de que vayamos y le hagamos compañía, llenemos la casa de las travesuras de las niñas, las locuras y risas de adolescentes y los más jóvenes, las conversaciones más profundas de los más mayores y mientras el y mi padre, arreglando ese pequeño huerto, como si de nuevo fuesen esos chavales que vivían en el campo y su sustento dependía de ello.
Son días que merecen la pena, hoy una despedida de alguien que se va fuera por unos meses y antes de irse ya le echamos de menos, otro día es un cumpleaños, o quizás una barbacoa porque nos apetece juntarnos a todos.
Él es feliz, yo lo soy de que él (ellos) lo sean, porque cuando se llega a cierta edad y lo que más felices les hace es algo tan sencillo como juntarnos todos alrededor de una mesa, ¿porqué negarse?
Sólo podría haber un motivo, algunas rupturas que ya no tengan solución, y este no es el caso, pero siento que a otra persona que sueña con un imposible le estoy fallando.
B.D.E.B.




