Explica algo positivo que un miembro de tu familia haya hecho por ti.
Tantas cosas positivas y tantos miembros de la familia que no sabría elegir una sola.
Empezando cuando con unos pocos días de vida mi tío me la dió de nuevo. Cuando mi madre y el resto de familia pensó que ya no volvería a respirar, él consiguió que volviera a hacerlo. Desde que tuve uso de razón y me contaron la historia, por vida le estuve agradecida.
Mis padres, tantas cosas, toda su vida queriéndome y protegiéndome (aún lo siguen haciendo) apoyándome y ayudando en todo, nunca me dieron la espalda y sé que así seguirá siendo, que el día que me abandonen será porque llegó el fin de su vida, y ojalá tarde mucho en llegar ese día.
¿Y mis hermanas? Si he necesitado una mano, ellas me han dado las dos, siempre a mi vera, pendientes de mí y de cualquier cosa que me pasara, incluso la que es más pequeña que yo. Somos una piña y aunque a veces tengamos diferencias de opiniones, en lo importante somos una, y cualquier problema lo compartimos para que sea más llevadero.
Y él, nunca estuvo pero siempre presente, os dejo una carta que escribí no hace mucho, con ello sobran más palabras…
Si me preguntan por restaurantes tengo varios favoritos, donde no sólo me gusta la comida que preparan también tengo mucho en cuenta el trato que tienen con la gente.
Ahora, si me preguntan mi sitio preferido para comer, o donde me gusta ir a comer, la cosa cambia y mucho.
Me gustaría ir a comer un domingo a una vieja casa, perdida en mitad del campo, justo al final de un camino, dónde sentados en el porche, te reciben una señora con un pañuelo en la cabeza, su vestido de cuadritos oscuro y un delantal negro, sentada en una mecedora y con un bastón en su mano. Justo a su lado un señor delgado, con cara seria ojos azules como el mar y que brillan al verte, tanto cómo para despejar la seriedad del rostro, con su sombrero, sin él no lo reconocería.
Todos los domingos se cocina paella, exquisita, hecha a la leña y con todo el amor del mundo, la señora ya es mayor pero sus hijos se encargan de ayudarle y la vieja casa se llena de comensales, niños y mayores degustan ese plato realizado con tanto esmero.
También me gustaría ir a cenar a una pequeña casita, como también lo son sus dueños, pequeños de altura pero grandísimas personas. Ella con su pelo blanco recogido en un moño, él bajito, regordete y con el poco pelo que le queda blanco también. Te reciben con un caluroso abrazo y un beso en la mejilla. En esa casa preparan deliciosas comidas, por el día se come en el patio, a la sombra de la parra, por la noche en una pequeña sala de dentro y como siempre hay algo que destacar, de este sitio recuerdo unas tortillas a la francesa que la señora con tanto cariño, como sólo una abuela puede tener a sus nietos, las preparaba cada vez que la visitaba.
Y por último, los sábados en mi hogar de siempre, aparte de mi casa propia, la que también lo ha sido y lo será mientras ellos vivan.
Allí te recibía siempre una pareja alegre una mujer con unos preciosos ojos verdes y una sonrisa nada más verte, siempre hablando, dicharachera ella y feliz de cocinar para todos. Él un poco más serio y refunfuñón pero siempre contento de tener su casa llena.
Los dos platos estrella, «arroz en costra» y «caldo con pelotas» típicos de su tierra, aprendidos de su madre y la receta perdura en sus hijas.
A los dos primeros hace muchos años que ya cerraron y no volví a ir, pero recuerdo esos olores, esos sabores, como si fuera ayer, los añoro y los echo muchísimo de menos, principalmente a quienes los regentaban.
El último, lo sigo visitando aunque no se cocina ya allí, la señora perdió el libro de recetas, pero aún así te siguen recibiendo con el mismo cariño de siempre y el amor también nos alimenta ¿verdad?
No hay mejor restaurante que aquel en el que se cocina con todo el amor del mundo.
Describe un cambio positivo que hayas hecho en tu vida.
Desde bien pequeña, siempre fui bastante tímida, me costaba un mundo abrirme a los demás, hablar con gente nueva y sobretodo hacer nuevos amigos.
Así fue de niña, más tarde de adolescente, incluso de adulta también lo fue.
¿En qué momento cambió todo?
Realmente no lo sé a ciencia cierta, pero llegó ese cambio y yo entiendo que para bien.
Llegó el día en que comencé a mantener conversaciones con gente a la que apenas conocía, a perder algo de timidez y relacionarme más con la gente que llegaba a mi círculo de amistades.
Comencé a mostrarme como soy con la gente que me inspira confianza, con la gente que quiero y que sé que me quiere también.
Aprendí a abrirme, no con todo el mundo, pero si con quien me ha tendido su mano y me ha demostrado que sabe escuchar (no todo el mundo sabe hacerlo)
También he aprendido a soltar todo aquello que me ahoga a través de las letras, se que se podría hacer mucho mejor, pero bueno…es hasta donde llego, es lo que me sale de dentro y cierto es que al menos me libera.
Y así llegó ese cambio, aprendí a ser y sentirme yo misma, con mis defectos y mis virtudes, a disfrutar con mi gente y también a disfrutar de este sitio que para mí también ha sido un gran cambio.
No creo que haya ni mejor ni peor, hay animales que se pueden tener en casa, convivir con nosotros y otros, que por mucho que nos empeñemos, no es lo más adecuado, ni para nosotros ni para ellos .
En lo primero que deberíamos pensar es en el bienestar del animal, es bonito tener un pájaro pero si tiene que estar enjaulado le privamos de su libertad (pongo este ejemplo que es el más común)
Y a partir de ahí pues la mayoría tenemos o perros o gatos, o los dos, pero más que mascotas se terminan convirtiendo en uno más de la familia, habrá quien no lo crea pero yo después de perder al mío hace poquito, doy fe de que es así (como en todo, hay casos y casos)
Y ahora que decidí de nuevo meter a otro bichejo en mi vida, porque la casa estaba vacía y lo necesitaba, yo no comparo pero la gente ya lo hace por mí.
El otro era mediano, casi grande y este es enano y todo el mundo te dice, ves…este si es mejor para un piso, el otro era muy grande, seguro que este es más tranquilo…
¿No se dan cuenta de que eso que hacen no está bien, qué duele? A este pequeño lo adoro a pesar del poquito tiempo que lleva conmigo, pero el dolor por la pérdida de «mi chico» está muy latente y para mí era perfecto para mi casa.
Así que no creo que haya mejores ni peores animales, es cuestión de lo que uno quiera meter en su vida.
Seguramente en mi ciudad, como en tantas otras, hay muchas cosas por mejorar pero cuando estás encantada con ella pues quizás no sabes en que podrías mejorarla.
Recuerdo de niña, cuando a cada domingo íbamos al pueblo a visitar a los abuelos (a unos pocos kilómetros de la ciudad), cuando volvíamos por la tarde-noche, lo primero que divisaba era el monte Benacantil con el castillo de Santa Bárbara coronando. Era una sensación de haber llegado ya a casa, a mi hogar.
Esa misma sensación la he seguido teniendo ya de adulta y a día de hoy la sigo teniendo, ahora quizás también por el «miedo » a la carretera, cuando llegas a tu ciudad te relajas un poco y para mí ese monte y castillo son el símbolo de la ciudad, de llegar de nuevo a casa.
Y como comenté en la entrada del puig campana, aquí os dejo la leyenda de «la cara del moro» espero que os guste.
«La leyenda de la cara del moro narra la historia del príncipe musulmán Ben-Abed-El Hacid, quien vivía en la fortaleza del Benacantil junto a su hija, Zahara. Ben-Abed era un hombre malvado y codicioso, cuya única preocupación era su riqueza y su hija. A pesar de sus intentos de encontrarle un marido a Zahara, esta se enamoró de Fernando, el hijo del enemigo cristiano de su padre.
Cuando Ben-Abed descubrió la relación entre Zahara y Fernando, decidió casar a su hija con el sultán de Damasco. Ante la negativa de Zahara, su padre la golpeó y ella confesó su amor por Fernando. Ben-Abed le prometió a su hija que mataría a Fernando y que nunca permitiría su unión. Después de una serie de eventos, Ben-Abed propuso un pacto a Zahara: si las laderas de Benacantil amanecían cubiertas de blanco, le permitiría casarse con quien quisiera; de lo contrario, tendría que obedecerlo hasta su muerte.
A la mañana siguiente, Zahara vio que los almendros del monte estaban en flor, aunque no había nevado. Sin embargo, llegó tarde para salvar a Fernando, quien ya estaba muerto. En su intento por salvarlo, ambos cayeron al precipicio y murieron. Al presenciar la tragedia, Ben-Abed también se lanzó al acantilado y murió, quedando su cuerpo atrapado entre los riscos.
Al día siguiente, la gente descubrió que la roca del monte Benacantil había tomado la forma de la cara de Ben-Abed, y se propagó la creencia de que había sido castigado divinamente, con su rostro quedando eternamente expuesto a los elementos naturales.«