La soledad de ese banco vacío que un día compartimos los dos. La tenue luz hacía que tus ojos brillaran, o quizás era por sentirte acompañado.
Aún puedo escuchar las risas, las conversaciones largas, profundas, un «te quiero» susurrado.
Aún puedo recordar ese hueco perfecto donde recostar mi cabeza entre tu hombro y tu cuello, el olor de tu perfume mezclado con el aroma de tu piel, inconfundible, inolvidable…
Tu brazo sobre mis hombros, arropándome, el mío rodeando tu cintura, acercándome, nuestras manos entrelazadas y nuestros pensamientos deseando que se parara el tiempo.
Ese banco, hoy vacío y solitario… recordando un beso apasionado, una mirada de enamorados y una promesa rota.
Un banco, una luz tenue y un camino separado en dos…
Recuerdo los cuentos que leía de niña en los que aparecían las brujas. Para una niña miedosa como yo no eran las mejores lecturas, pero siempre había algo en ellas que me atraía, quizás más que algunos cuentos de princesas.
Después creces y transformas esos cuentos en la vida propia, aparecen esos personajes y te das cuenta que ni las «brujas» son tan malas como nos lo quisieron mostrar, ni las «princesas» son tan buenas e inocentes.
Hay quien dice que soy un poco bruja, quizás lo sea, pero sin maldad.
Los días grandes de fiestas, de cualquier tipo de ellas, no tenemos más que mirar un poquito hacia arriba para fijarnos en esos preciosos adornos que además tienen la función de iluminar nuestras calles.
Ayer mientras los observaba, me vino a la mente que así como esas miles de luces iluminan el camino que llega hasta el centro de la fiesta, hay personas que nos iluminan a nosotros en otro tipo de camino bastante más complicado, el de la vida.
En la claridad se ven bonitos, se balancean a tu lado y te resultan bonitos, te alegras de verlos lucir así y sonríes mientras los observas. Pero cuando llega la oscuridad descubres algo más, no solo brillan,también están ahí para iluminarte, a ti y al camino que sigas. Apartan esa oscuridad, transformándola en brillo de mil colores y aunque sea a ratitos, tu vida vuelve a tener luz gracias a ellos.
Doy gracias por recibir su luz, su calor y sentir que con ellos cerca yo también puedo brillar.
Cuando comenzó la plantá y vi esta falla por redes, supe que tenía que ser una visita asegurada. Anoche cuando estaba frente a ella se me erizó la piel. Al margen de su altura fue lo que me transmitió, ese rayito de esperanza que siempre nos queda frente a muchas cosas.
Ayer hablaba sobre la guerra, más tarde visité este monumento y fue como respirar hondo y decir «aún no está todo perdido».
Ojalá así sea, que todavía estemos a tiempo de no terminar de cargarnos el mundo.
Una imagen vale más que mil palabras, así que os dejo algunas de las que tomé anoche.
Estas letras las escribí hace dos años y medio. En aquel momento iban dirigidas a la guerra entre Rusia y Ucrania, hoy podría ser para alguna más.
Cuando ayer vi por las redes el ninot indultat me acordé de esta entrada y hoy quería recordarla aquí.
«En un lugar del mundo, un país, una ciudad, una urbanización… los niños juegan tranquilamente en la pista de fútbol, de repente la mamá de uno de ellos:
¡Pedro! (por poner un nombre), deja de jugar y ven aquí, tenemos cita con el médico, te vas a poner perdido.
Pedro deja de jugar a regañadientes y se dirige hacía su madre:
-Mami, cuando salgamos del médico, si me porto bien, ¿me puedes comprar el juego ese de la «maquinita» que te pedí hace unos días?
-Bueno hijo, tú pórtate bien y luego ya veremos. Dice la madre, aún a sabiendas de que va a ser así, le cuesta negarle nada aunque sabe que no le está haciendo ningún bien, pero cómo la gran mayoría de los padres parece que dándoles lo que nosotros no hemos podido tener nos hace ¿más felices?….
Se montan en el coche y se dirigen hacia el centro de salud, al llegar allí se sientan a esperar su turno, mientras tanto el niño le pide a su madre el móvil para que la espera no se le haga «eterna». Al cabo de unos minutos les avisan que pueden entrar, Pedro apura hasta casi estar en la puerta con el móvil y entran a la consulta.
-Bien chaval, pues está todo correcto, nos vemos en unos meses ¿de acuerdo? Pedro le sonríe, no por lo que acaba de decir el médico si no para mostrarse en todo momento amable, un juego está en «juego».
Cuando salen del centro de salud, no tarda ni un minuto en preguntar:
-¿Me he portado bien mami? ¿Vamos a comprar el juego?
La madre claudica y van a la juguetería, una vez comprado regresan a casa y lo primero que hace Pedro nada más llegar es irse directo a la «maquinita» y cargar el juego, a los pocos minutos está fusil en mano (en la pantalla) matando todo bicho viviente.
Al otro lado del mundo, de donde vive Pedro y su familia, una madre sale a buscar a su hijo, lo encuentra en el descampado de enfrente de las casas jugando a fútbol con sus amigos, con una pelota algo cochambrosa y pinchada que habían encontrado unos días antes mientras paseaban por los alrededores del pueblo donde viven.
Cuando llega al lado de los chavales, la madre recoge al suyo y toman camino hacia el hospital para ver al médico para una revisión del chico.
Después de algo más de veinte minutos caminando llegan al sitio, entran a una sala de espera repleta de gente y se sientan a esperar que les toque su turno. De repente suenan unas sirenas alarmantes, ¡evacuación! A continuación un estallido enorme, todo se viene abajo. A las horas consiguen rescatar al chico y a su madre junto algún sobreviviente más (pocos). «Game over»
*Triste realidad la que estamos viviendo, está claro que los niños como Pedro no tienen la culpa, son sólo niños, ellos piden y nosotros satisfacemos, punto. Pero lo que también es cierto es que los chavales del otro lado menos culpa tienen de lo que hacemos los adultos, se merecen una infancia cómo la de Pedro, o al menos parecida, tienen que ser niños y no adultos a una temprana edad, no se merecen vivir todas esas atrocidades que están sufriendo, ni pasar hambre, ni vivir en circunstancias infrahumanas, deberían de tener todos las mismas oportunidades. A fin de cuentas son niños, no han hecho nada para tener que pasar por estas cosas, ya les llegará la edad de tener que pelear, luchar, sufrir, y un largo etcétera, pero no ahora…«