Ayer mientras tomaba mi primer café, un poquito más tarde de lo normal porque no me desperté muy bien y tocó medicarse y seguir un ratito más acostada, mientras lo tomaba estaba revisando las RRSS y me encontré con algo que me gustó muchísimo, un amigo hablaba de esas personas que están pendientes de uno y que son capaces de ver lo que para otros es invisible, daba las gracias de que existieran a nuestro lado.
Lo primero que hice fue felicitarlo por sus palabras y decirle que estaba completamente de acuerdo con ello y más tarde en la noche fue cuando vivi uno de esos momentos en primera persona.
Hace unos días, mi querida amiga Mariela me mandó un mensaje para invitarnos anoche a cenar a su casa. Yo tenía algunas cosas pendientes pero lo apañé para poder ir. Hace unas semanas fue su cumpleaños, y aunque me acerqué a llevar su regalo, no pudimos cuadrar una fecha para celebrar, así que (ignorante de mí) pensé que la cena de anoche era para celebrarlo aunque unas semanas después.
Al llegar a su casa le pregunté por otros amigos que siempre celebramos juntos y me dijo que no les había dicho, que sólo nos había avisado a nosotros. Al momento su hija menor apareció con un regalo por mi cumpleaños, y entonces ella me aclaró que la cena en su casa era para festejar mi cumpleaños y darme un regalito que había comprado.
¿Qué puedo decir? Que cuando muchas veces hablo de la suerte de tener a esas personas creo que me quedo corta, durante la cena hablamos de la nochevieja y ella dejó caer que siempre nos invitaba a su casa porque para ella somos familia, exactamente así como la siento yo.
Hay personas que van muy por delante nuestra, que nos entienden, nos soportan, cuando nosotros mismos no lo hacemos, que están ahí (como decía ayer ese amigo) pendientes de nosotros, haciendo las cosas más llevaderas, a veces sin hacer ruido pero antes de que les llamemos por algún problema que tengamos, sólo tenemos que fijarnos porque seguro que ya estaban a nuestro lado.
Cada día que pasa más feliz de rodearme de gente bonita.
Siempre me decanto por el mar, creo que no es preciso decirlo, nací, me crie y continúo viviendo en una ciudad costera, el mar es mi salvación, mi cura, mi medicina natural. Cualquier problema termino acudiendo a él como si me fuera a dar respuestas que no yo misma tengo, pero si no consigo allí aclarar mis ideas, mis tormentas internas, al menos regreso a casa con esa paz tan necesaria para enfrentarse al mundo.
Así que sí, `refiero el mar y el porqué también está contestado, pero de la montaña tengo muy buenos recuerdos, muchísimos, por tanto también me gusta. No tanto subirme a una cima por el vértigo que tengo, curioso, porque sin embargo me encanta volar en avión y verme y saberme encima de las nubes (esto lo dejaré para otro día). Adoro un paseo por los robledales cuando visito Burgos, recuerdo las excursiones al «Maigmó» de jovenzuela con mis amigos en las motos (esas que ahora no me gustan nada) y recuerdo con especial nostalgia esa noche.
«Esa noche en ese refugio de montaña,
esa en que a pesar de estar acompañados
nos sentíamos apartados del resto del mundo.
Esa misma en que me dedicaste tu maravillosa sonrisa torcida,
quizás la más especial de todas,
una ligera caricia
y una mirada que me atravesó hasta el alma.
Esa noche en que dormí apoyada en tu pecho,
escuchando a tu corazón a mil por hora,
esa en que fuimos algo más que amigos,
esa que simplemente quedó en el recuerdo,
el más bonito de todos.
¿Ya sabes porque adoro la montaña?»
Aunque me decante por el mar, la montaña siempre me trae muy buenos recuerdos.
Es curioso pero las tres comidas preferidas de casa me las enseñaron las abuelas de mis hijos, es decir mi suegra y mi madre.
Por orden de preferencia la primera es la lasaña. Esta es la que me enseñó la suegra y la que, según dicen, es mi plato estrella, tanto para los de casa como para los amigos y resto de familia, no me gusta «echarme flores» pero la verdad que me sale de lujo, si pregunto que preparo de comer,tanto unos como a otros me responden lasaña, según me dicen he superado a mi maestra.
El segundo lo aprendí de mi madre «arroz con costra», es típico de la zona de aquí, más de la «Vega baja» y para quienes no lo conocen, es un arroz con pollo, conejo y embutidos que se termina de hacer con huevo por encima y al horno para que cuaje, está buenísimo.
Y por último, cocido con pelotas, típico también de la misma zona (mis padres son de allí) es un cocido como cualquier otro, más carne que verduras y una vez hecho se le añaden las «pelotas» parecido (que no igual) a unas albóndigas pero más grandes.
Estas dos últimas comidas son muy especiales para mí, las aprendí de mi madre que a su vez las aprendió de la suya. Toda la vida la vi preparándola pero como que me negaba a cocinarlas, a saber cantidades y pasos a seguir porque tenía miedo de que mi madre no estuviera para seguir haciéndolas y aprendí poco antes de que a ella se le olvidara…cosas de la vida.
Me encanta la cocina, lo he dicho muchas veces, y tengo la suerte de que se me da bien, pero lo que más me gusta es cocinar con cariño para aquellos que me importan,ya sea familia o amigos.
Desde hace tiempo he querido retrasar el momento de que mi hijo mayor cumpliera uno de sus deseos y hoy ha llegado el momento de que lo tenga ahí, al alcance de su mano. Su deseo y mi temor a la vez, una moto.
Cuando cumplió los dieciséis años se sacó el permiso de ciclomotor y, para evitar la moto, le compramos un cochecito de esos sin carnet (algo que tampoco me gustaba, pero lo veía más seguro, llevaba paredes). Él estaba contento, pero aún así siempre decía que más adelante tendría una moto.
Llegaron los dieciocho y se sacó el carnet del coche, yo me quedé sin el mío, no me importaba porque prefería estar compartiendo a la moto. Pero hace unos meses se sacó el permiso de la moto, con la excusa de que lo necesitaría más adelante para su futuro trabajo.
Este verano comenzó a trabajar en la empresa y así sufragar sus gastos mientras continúa con sus estudios, y decidió ahorrar para comprarse la moto…
Fue a verla y la reservó, le dijeron que tardaba unos meses, y ahora ya ha llegado el momento, esta tarde le tengo que acompañar a firmar. Hay quien me dice, «bueno se la va a comprar porque tú quieres»…
¿Acaso hay otra opción? He ido retrasando la situación lo más que he podido, yo les tengo pánico, pero cuando era una adolescente me subía a ellas también, así que ahora me tengo que poner en el lugar de él y lo único que puedo hacer es pedirle que tenga cuidado y cabeza.
Para más inri, tengo a uno de mis sobrinos y a su pareja que son fanáticos de las motos y han ido aconsejándole en todo lo que ha necesitado.
Así que en un ratito me tocará tragar mis miedos y disfrutar de su felicidad, ha trabajado y seguirá haciéndolo para comprarla, sabía que yo no lo iba a hacer pero no puedo negarle mi ayuda en aquello que siempre ha soñado por culpa de mis miedos…