Hoy cuando salí más que atardecer estaba anocheciendo, las nubes ya no tenían ese color anaranjado de los atardeceres de otoño, era un color más frío, lo llamé anochecer de invierno y me acordé de ti.
A mi mente llegaron esas frías tardes en las que esperaba que llegara la noche y con ella nuestro encuentro. Eran citas sin serlo, era ese momento en que en la distancia se encontraban dos almas que sufrían para ofrecerse consuelo.
Esa «cita» comenzaba al anochecer y en ocasiones duraba hasta altas horas de las madrugadas.
Convertías esas noches frías en cálidas, eras mi compañía en esa soledad, en ocasiones incluso estando acompañada. Me «escuchabas», me abrazabas en la distancia, secabas mis lágrimas con amables palabras.
¿Y yo, qué hice por ti?
Quizás hice que tu tristeza quedara en el olvido, que tus problemas se quedaran a un lado mientras escuchabas los míos, que tus lágrimas no cayeran porque estabas ocupado en soltar una gracia para parar las mías.
En este anochecer de invierno me volví a acordar de ti, te eché de menos y volví a soñar, a soñar con un día en el que aparecieras de nuevo y esas frías noches se volvieran de nuevo cálidas a tu lado.
B.D.E.B.
París – La Oreja de Van Gogh
*Y mientras soñaba se escuchaba esta canción de fondo ¿te acuerdas? Cada vez que la escucho, de nuevo vuelves a mi mente y no puedo evitar que una lágrima resbale por mi mejilla.
Hoy recordaba aquella primera visita, casi incapaz de decir dos frases sin que una lágrima brotara, hoy de nuevo reconocí que algunas situaciones nos desbordan más de lo que nunca hubiera imaginado.
Hoy releí la entrada de hace un año en la que decía en que uno de los objetivos de mi vida era «atreverme más» justo cuando tú me preguntaste si me había atrevido a aquello que «temo» y yo no te he contestado con un no rotundo, me he andado un poco por las nubes, buscando excusas, pero sí, sigo sin atreverme.
Mejoramos anímicamente, la ansiedad no está tan presente, sonreímos más a menudo, nos sentimos mejor, pero seguimos haciendo (o no haciendo) las cosas como no debemos.
En aquella entrada hablaba de una frase que había leído «Que poco nos atrevemos para lo corta que es la vida» y hoy me doy cuenta después de nuestra conversación de que sigo sin atreverme y eso me resta libertad y sin libertad no podemos caminar por la vida ni llegar a ser felices.
Hay pasos que se van dando, vamos avanzando, vamos sanando pero algunas cosas cuestan más y lo intentamos, o eso creemos, pero no no terminamos de atrevernos.
Siempre me dices que tengo que andar con la cabeza alta y no culparme de aquello que yo no tengo la culpa pero realmente no sé si lo consigo.
Hoy lo único que me di cuenta es de que mis lágrimas no asomaron y por un momento pensé que eso será buena señal, o quizás ya se agotaron…
Hoy (siguiendo con los cambios en la casa) me he visto en una conversación con mi hijo mayor que me ha resultado un poco extraña.
Esta es la tercera habitación que le montamos, la primera fue la de bebé, esa que comenté en una ocasión que había pintado unos pequeños gnomos con toda la paciencia del mundo. Después llegó la juvenil, más moderna, con colores oscuros y chillones y impresiones digitales de figuras extrañas, una mezcla de mis gusto en los muebles y de él en la decoración.
Y en esta ocasión sólo le compré un canapé y un colchón, más grande que lo que tenía, pero nada más y hoy mientras montaban los muebles, me ha pedido que le ayudara a elegir unas estanterías y escritorio, ahí es donde me he visto en una situación rara.
Mi hijo hasta ahora era muy suyo, no le pidieras opinión de muebles, electrodomésticos, o ropa de casa porque no iba con él y de repente hoy me hablaba de muebles de combinaciones de colores y hasta de estores… me he quedado un poco sorprendida y a la vez he mirado atrás con nostalgia, de cuando yo decidía y decoraba a mi gusto, a que ahora sea él quien lo haga (a base también de imágenes de IA 🤦♀️) y me pida opinión, él que es de decidir y pocas veces pedir consejo.
Ellos crecen y nosotros nos hacemos mayores, lo bonito es que ahora compartimos otras cosas diferentes a cuando eran niños, y que a veces nos sorprendemos como me ha pasado hoy con conversaciones que nunca esperábamos mantener.
Hoy la pregunta del día era «¿qué piensas de tener una vida muy larga?» Algo que ya contesté en su día, y la verdad que solo espero vivir lo suficiente para verlos crear su hogar, encauzar su vida y verlos felices, con eso ya firmaba.
Hace un par de meses decidimos cambiar los muebles de casa y justo el día que nos volvíamos de viaje me avisaron que venían a instalarlos en terminar las fiestas.
Así qué, sin a malas penas tener tiempo, entre fiestas, comidas familiares y algunas cosas más, me he visto con el día encima y con casi una casa por desmantelar (con ayuda eso sí)
El caso es que te pones a vaciar armarios, cajones, muebles, etcétera y van apareciendo cosas que ni recordabas que estaban, otras que buscaste mil veces sin recordar donde lo habías guardado y luego otras… esas que sabías que estaban ahí, que un día guardaste y que al sacarlas te invade la nostalgia y los recuerdos, porque siempre hay recuerdos en todo lo que guardamos porque realmente creo que lo hacemos por eso, para que con el paso de los años no olvidemos aquello que pasó, aquello que fue o aquello que sentimos…
Puede ser algún objeto decorativo de un viaje, y te trasladas a ese lugar, de repente te ves en esa tienda, escogiendo ese objeto para ti y otro muy parecido para llevárselo a aquella amiga, es lo que siempre haces, llevar un recuerdo para aquellas personas que tienes a tu alrededor.
Te encuentras con algo que te regalaron y piensas como ha cambiado todo, hoy quizás esté fuera de tu vida pero aún así, hay algo que te hace seguir guardando ese objeto, quizás más adelante pueda haber un acercamiento, quizás ya no sea posible, pero en su momento ocupaste un lugar en su vida y esa persona lo ocupó en la tuya no sabes si prefieres olvidar o recordar, pero todo sirve para algo, aunque sea para aprender…
Y luego te encuentras con esa cajita, esa que comenzaste a guardar cuando él tenía apenas unas semanas de vida. Empezó por esa pinza que sujetó esa unión que tenía contigo a la vida, después ese primer chupete que utilizó, los primeros dientes…tonterías quizás pero por algún motivo lo guardaste y hoy sacas esa caja y recuerdas cada momento, de uno y del otro.
Con el paso de los años vamos acumulando muchas cosas en armarios, muebles, cajones, «cachivaches» que ya no sirven para nada, otros objetos que sirven para recordar, pero todo ocupa espacio y ahora cada vez los muebles son más «minimalistas» y caben menos cosas, así que tenemos que hacer limpieza y desechar aquello que ya no sirve, que ya no funciona, que no aporta, pero hay otras cosas que siempre tendrán un hueco no solo en un mueble, también en nuestro corazón…
Desde hace más de veinte años, en mi familia se creó una costumbre, el 6 de enero, día de Reyes, mi hermana pequeña nos invita a toda la familia a comer a su casa, incluida también la familia de mi cuñado que es bastante más pequeña que la mía porque solo asisten su madre y su prima.
Ella vive en Alcoy, y como ya comenté en una ocasión, allí la celebración de los Reyes magos se hace a lo grande, desde el «día de la burrita» cuando los pajes recogen las cartas para entregarlas a sus majestades, al campamento real que dicen se ve precioso (yo nunca lo he visto), hasta culminar con su cabalgata, la más antigua de toda España y que es digna de ver, tanto adultos como niños (yo la disfruté antes de tener a los míos).
Así que por ese motivo ella eligió, de todos los festivos navideños, ese día para reunirnos a todos y invitarnos a su casa. En la familia cada vez somos más (buena señal) y es complicado en ocasiones poder coincidir todos en las celebraciones normales, aunque hacemos por juntarnos, pero ese día es en el que siempre intentamos cuadrarlo bien para estar todos, una costumbre ya arraigada y que sólo falló el año de la pandemia en que por precaución no nos juntarnos todos.
Hoy me daba cuenta de que casi que ya no cabíamos en la mesa, antes cuando los chicos eran pequeños se les ponía una mesa aparte, pero ahora ya son grandes también y solo quedan dos pequeñajas que son las que disfrutan con ilusión ese día, la hija de uno de mis sobrinos y la hija de la pareja del otro sobrino (mi pequeña artista), para mí son sobrinas las dos por igual, la pequeñaja un auténtico terremoto y la más mayorcita una niña tímida que me recuerda mucho a mí (salvo que yo lo de pintar y dibujar como que no).
En ocasiones de una simple comida, de una invitación, creamos una costumbre, sin obligaciones sólo porque queremos hacerlo y porque cada uno de nosotros queremos estar allí, es un día de esos que marcas en la agenda y es inamovible salvo por una causa de fuerza mayor.
Hay costumbres que van quedando arraigadas con el paso del tiempo y es bonito cuando todos estamos sentados alrededor de la mesa sin obligación, sólo porque se quiere estar y es bonito añadir sillas conforme pasan los años, aunque todos tengamos en mente que en algún momento será al contrario…
Con la comida de hoy ya damos por finiquitadas las fiestas, ya mañana toca volver a la normalidad, al trabajo, a las rutinas. Además me he embarcado en la genial idea de cambiar muebles, así que la vuelta es aún más ajetreada, vaciando armarios, llenando cajas y tirando trastos viejos… quizás eso se quede para otra entrada .
Las fiestas acaban pero dejan un buen sabor de boca,el haberlas podido disfrutar con familia y amigos de los de verdad.