Hay días que comienzan sin nada especial, un día más, un nuevo paseo, un amanecer y después a seguir con la rutina.
Pero cuando comienzas a pasear notas el sol que va saliendo con fuerza y vas sintiendo su calor, un calor parecido a ese abrazo que sin darte cuenta tanto necesitas, y te dejas abrazar por él, necesitas sentir por un momento ese calor, ese que creías que no hacía falta pero te das cuenta de que sin apenas notarlo el frío estaba ahí, acechando.
Esos días que iban a ser uno más y que al final se convierten en especiales, porque te reunes con tu gente sin esperarlo, porque sientes el calor de personas que te quieren, te abrazan como ese sol que ya lo hizo a primera hora de la mañana.
Cuando termina el día te das cuenta de que no ha sido un día más, ha sido un día bonito, has disfrutado de la compañía, te has vuelto a sentir querida y aquello que te ronda en la cabeza es solo ruido de fondo, necesitas escuchar la música que tienes a tu alrededor y olvidarte de ese ruido que solo es eso.
Hoy de nuevo el día amaneció raro pero sabes que la única solución que tienes es volver a poner tu música preferida, disfrutar de ella y que suene más fuerte que ese ruido de fondo.
Hoy no viste salir el sol, pero es momento de salir tú afuera donde te está esperando.
Cada domingo se vuelven a encontrar, se saludan moviendo enérgicamente la cola y comienzan sus juegos. Se persiguen el uno al otro llenándose de arena y después el más valiente se introduce en el agua, el otro se queda mirando a su dueño como pidiendo permiso, pero mejor no, espero fuera a mi amigo.
Mientras yo presencio ese encuentro también recuerdo otros, aquel domingo hace dos años con una promesa, la de traerte conmigo en uno de mis paseos, nunca sucedió… te marchaste antes de poder cumplirse.
Encuentro esas conchas de las que hablaba hace unos días, me encuentro a ese grupo de nadadores que son fieles cada domingo con su cita en el mar. También encuentro a alguna pareja de enamorados, declarándose su amor al amanecer, o aquellos que simplemente observan como sale el sol por el horizonte con una mirada perdida.
Y cada domingo continúo con esos encuentros, el de los recuerdos, el encuentro con el sol nada más despertar, encuentro a mi adorado mar, y me encuentro con ese faro hacia donde me dirijo, quizás para que me sirva de guía para ayudar a otro encuentro muy importante, el encuentro conmigo misma.
Encuentros, que bonito encontrar o reencontrarse ¿verdad? Con lo bueno, con lo que llena con lo que llega al corazón.
Hoy, cuando los niños ya se han hecho grandes, sigo reviviendo esa ilusión que siempre me contagió mi padre. Mi madre vivía las fiestas de otra forma (ahora si no es porque se lo recordamos para ella son unos días más) pero mi padre siempre las ha vivido con esa ilusión que intentaba contagiar a todos, primero sus hijas y después sus nietos, y lo sigue haciendo.
Recuerdo a mi padre desde que era una niña montando ese árbol de Navidad y a los pies un pequeño nacimiento. No había año que no lo hiciera y tanto de niña como cuando dejé de serlo, siempre le ayudaba.
Dejé de ayudarle a él cuando tuve mi propia casa, mi propio árbol y mi nacimiento. Pero seguí su costumbre y cada año entre el seis y el ocho de diciembre, con la misma ilusión como cuando lo hacía con él, he montado ese arbolito y lo he decorado con paciencia y cariño recordando aquellas imágenes y aquellos momentos.
Después llegaron los niños, primero el mayor, después el pequeño y colaboraron conmigo en esa tarea, con la misma ilusión que yo tenía. Trajeron sus figuras hechas en el colegio y no importaba que no «hicieran juego» con los adornos que habían, tenían su sitio allí, en ese arbolito y eran los adornos que lucían más bonitos.
Más tarde el mayor dejó de acompañarme en la tarea pero el pequeño continuó, en los últimos años era él quien, subido a una silla» colocaba el último adorno coronando el árbol, pero también se ha hecho mayor… este año ha sido tarea mía, pero con la misma ilusión.
Una ilusión que se vive desde niña, que la sigues viviendo de adulta, porque cuando voy a casa de mis padres, a sus noventa años sigue montando ese pequeño arbolito con el nacimiento a sus pies, los nietos también crecieron, ahora llega el turno de la bisnieta y por supuesto de no perder ese espíritu navideño que tanto le ha gustado.
Hoy me doy cuenta que él siempre me contagió ese sentimiento por las fiestas, por las celebraciones, ese sentimiento de compartir, de acoger, de hacer que otros se sientan arropados, hoy entiendo que lo que soy, lo que siento, en gran parte se lo debo a él, porque de lo que vemos y vivimos, de las ilusiones y emociones que nos contagian terminamos haciéndolas nuestras, formaron parte de nuestra infancia y adolescencia y a día de hoy las mantenemos porque nos enseñaron a amarlas.
Hoy mientras montaba el arbolito, recordaba esos momentos, ese pequeño arbol con bolas de mil colores, ese pequeño nacimiento a sus pies y sobre todo, ese brillo en los ojos de mi padre ilusionado de celebrar junto a su familia estas fiestas.
Hay tradiciones que perduran en el corazón y no se deberían de perder.
Hay algunos lugares que he visitado que son especiales, uno de ellos es Granada, le tengo un cariño especial a esa ciudad y cada vez que regreso hay un sentimiento fuerte que me invade. Pero a pesar de ellos creo que muchas veces los lugares visitados se vuelven en especiales no solo por el lugar sino por los momentos que se viven y por las personas que te acompañan a vivirlos.
De cada lugar me suelo quedar con un momento (o varios) y ya me puede haber gustado más o menos la ciudad, el pueblo, el monumento visitado, si la compañía y el momento vivido ha sido bueno todo lo demás lo es.
Así me quedo con una vista nocturna de La Alhambra, una nochevieja en Barcelona, un atardecer mágico en Ibiza, una semana santa en Sevilla, un paseo en caballo por la playa del Palmar, un agosto en Venezuela, un café en la calle Arenal, un fin de semana en Albacete o las visitas a los patios cordobeses, un verano en el camping o una escapada a cualquier lugar contigo…
En ocasiones el sol se esfuerza por salir pero las nubes intentan impedírselo. Se colocan frente a él con la intención de taparlo, de ocultar su brillo y de no permitir que su calor llegue a las personas.
El sol por otro lado sigue fiel a su función, se levanta y se va deshaciendo de ellas, se escabulle y algún rayo comienza a escaparse sin que las nubes puedan impedirlo.
Más tarde lo consigue, escapa de quienes le hacen sombra, de quienes intentan ocultarlo y consigue brillar con luz propia.
Cuando alguien intente hacerte sombra, ocultarte, impedir que brilles con luz propia, aléjate y apártalo de tu camino. No permitas nunca que nadie tape tu luz y brilla como ese sol.