
En su mente sólo la idea de construir algo. Pacientemente llena cada cubo de arena y de agua para comenzar a darle forma, con sus pequeñas manos, amasa y aplana la montañita que va creando, despacio, sin prisas, bajo la atenta mirada del adulto que le acompaña.
Quizás este sea el principio de un sueño, quizás de mayor sus manos sean las de un artista, o un constructor, quizás sea arquitecto y esta la primera maqueta de su primer edificio, o quizás simplemente sea una figura de un niño que se divierte frente al mar.
Ese mar que es testigo de como poco a poco la figura toma forma y altura, una pequeña pirámide se erige frente a él. Ya casi terminada sólo falta un detalle, una pequeña muralla para protegerla, no una muralla cualquiera, una muralla que la proteja de las pisadas torpes de los adultos, pero con una apertura al frente para que pase despacio el agua y un pequeño riachuelo se forme alrededor.
Termina, se pone al frente y admira su construcción, no está completa, le falta vida. Como todo niño (y no tan niños) hay algo en el mar que siempre nos fascina, las conchas (de nuevo).
Una vez más se carga de paciencia y va decorando una a una las paredes de su construcción. Diferentes formas, colores, tamaños, no importa, cada una de ellas tiene su toque especial.
A la mañana siguiente, una soñadora descubre al amanecer esa pequeña obra de arte. En uno de sus lados el sol la hace brillar cual joya reluciente, las conchas incrustadas le llaman la atención y no se puede resistir a que el trabajo de esas pequeñas manos, quede destruido y olvidado.

B.D.E.B.






