Vigilantes

Vigilantes

Allí estaban los tres, arriba del muro controlando que no se acercaran esas gaviotas que en ocasiones llegan a robarles la comida.

Estuve un ratito en el coche observándoles y lo más que hacían era mover sus cabezas de un lado a otro, sin cambiar de posición, atentos a que ningún otro animal, que no fuese de su misma especie, se acercara a ese muro y sobre todo, a esos recipientes con comida que les ofrecen los vecinos.

Ya hablaba de ello el otro día, los animalitos tienen mucha inteligencia y un instinto que ya nos gustaría a muchos humanos, cierto que en ocasiones se lo ponemos fácil, dejándoles comida a su alcance para que no mueran de hambre, pero si no lo hiciéramos, ellos se buscarían la vida para conseguirla, son supervivientes natos.

Me gustó esa imagen, los tres unidos y observando a todos lados. Desde arriba todo se ve mejor y si tienes compañía para que no quede ningún rincón sin ser vigilado, nada se podrá acercar sin ser visto.

¿Casualidad? Podría ser pero la imagen tiene su encanto ¿verdad? Parece que se hubieran puesto de acuerdo, nosotros también lo hacemos pero nos cuesta un poco. «Tú ponte ahí y yo de este lado», «ah no, ahí me pega el sol, prefiero la sombra», «venga va, pues ponte en este lado», «no, mejor en aquel otro que corre un poco más de brisa»… sí, todo lo hacemos más complicado y ponernos de acuerdo nos cuesta.

Tres vigilantes que no se amedrantan con nada, mientras yo estaba sacando la imagen, en un momento dado uno de ellos miró hacia mí, cara de pocos amigos, posiblemente no le gustó que robara una imagen o quizás pensó que podría acercarme a robarle su sustento.

B.D.E.B.

Diego Torres y Juan Luis Guerra – Abriendo caminos.
Mirar hacia arriba

Mirar hacia arriba

En ocasiones vamos paseando y de repente vemos algo que nos hace mirar hacia arriba, un reflejo de lo que no vemos si no alzamos la cabeza hacia allí.

Entonces miras y ves ese cielo azul, con las nubes blancas decorándolo y haciendo que luzca «de revista» de hecho seguro que los que aparecen en las imágenes de una revista de viajes se asemejan mucho a él. Pero lo curioso es que si no llega a ser por ese charco que formaba el agua del mar, no me había fijado en él, no había mirado hacia arriba, no había visto más que lo que tenía al frente (aunque claro, esa imagen siempre hace que ande despistada).

Esa imagen me hizo pensar en algunas veces en las que tenemos algo importante, algo bonito (o alguien) y no lo descubrimos si no está delante, quizás está detrás, o a un lado y nosotros ni nos damos cuenta.

Lo malo en estas situaciones es que no tenemos un charco, un espejo o una superficie brillante para que se refleje y nos demos cuenta de su presencia.

Me gusta pasear observando todo, mirando hacia los lados, buscando qué hay arriba mía, qué es lo que está en el suelo y tener cuidado de no pisarlo, incluso en ese rincón perdido o detrás de esa columna donde nos gusta escondernos a los más tímidos.

Me gusta pasear así pero no solo por el mar, también por la vida, buscando el reflejo de aquello que siempre merece la pena.

B.D.E.B.

Blue -Macaco, Jorge Drexler, Joan Manuel Serrat
Horas «muertas»…

Horas «muertas»…

Llevamos una vida tan ajetreada que, cuando una tarde cualquiera, tenemos dos horas «muertas» sin obligaciones, sin nada planeado y sin ganas tampoco de planear, nos preguntamos ¿ahora que hago en ese rato? La respuesta es sencilla, aprovecharlo porque si no sí será un tiempo muerto, de los que se pierden y ya no vuelven.

La suerte de tener el mar cerca es que esos ratos nunca se pierden, siempre los aprovechamos aunque sea para dar un paseo y descubrir como ese mar de tus amaneceres, se ha convertido en playa.

Bastante más concurrido de lo que está en esas mañanas, incluso en las tardes de hace un par de meses, pero aún así, sin mucho bullicio y escuchando ese mar de fondo que a pesar de todo inspira tranquilidad y paz.

Un pequeño paseo, suficiente para capturar algunas imágenes, despejar un poco la mente y también, seguir soltando esas piedras de las que hablaba ayer.

Un pequeño descanso para sentarse a escribir unas letras, con esa imagen delante y reiterando una vez más esa suerte de tenerlo cerca y poder disfrutar de él.

En esas mañanas es más tranquilo, aún estando revuelto, sus colores son diferentes y parece que te atraiga más, pero a estas horas, cuando ya se acerca el momento de que se quede en soledad y con el reflejo de la luna y las estrellas, también invita a pasear por su orilla, a observar las olas y como es habitual en mí, perder la mirada en el horizonte esa fina línea que lo separa del cielo, esos dos azules tan diferentes y a la vez tan parecidos.

No hay horas muertas cuando sabemos aprovecharlas, puede ser un paseo por la playa, la lectura de algún libro, escuchar esa play list que tanto nos gusta o llamar a ese/a amigo/a y tomar un café, todo vale para no perder ese tiempo que ya no vuelve.

B.D.E.B.

Siloé –  Que merezca la pena
Aligerar el peso

Aligerar el peso

Recuerdo hace diez meses, mi primera vez y no sabía si pesaba más la incomodidad o la mochila cargada de piedras que llevaba a mis espaldas. Tanto pesaba que no podía respirar y esa presión creo que subía lentamente hasta los ojos y les obligaba a soltar lágrimas constantemente.

Pesaba la intranquilidad, los nervios, la culpa, la traición (sin saber si era traidora o traicionada). Me pesaba la incomprensión, el egoísmo, la ironía, la maldad..

Recuerdo el no poder más, el sentir ganas de tirar la toalla, el verme incapaz de superar la situación, de desear un buen fin que nunca llegó, que sigue sin llegar.

Pero también recuerdo el ir liberándome poco a poco, de ir soltando aquello que pesaba en esa mochila a base de palabras, lágrimas y de ir aprendiendo a gestionar todo aquello que sentía, desde el dolor, a la rabia y a el sentimiento de culpabilidad, porque cuando no conseguimos arreglar algo aparece ese sentimiento de creer que la culpa es nuestra, no importa que el resto no busque o quiera una solución, eso no nos sirve, es más sencillo culparse.

Hoy no sentía incomodidad, me sentía como en casa, la mochila pesaba menos porque muchas de esas piedras se han ido soltando cada día. No puedo evitar sentir aún ese «miedo», esa incertidumbre, pero ya no ocupa la mayor parte de mis pensamientos, a cambio se han ido asentando otros sentimientos de los que no pesan, de los que curan.

Algunos días pesan sin poder evitarlo, algunos días algo hace que todo se remueva sin poder evitarlo, pero son momentos y es irremediable, solo hay que impedir que esos ratos superen a los buenos y así seguiremos bien.

Esta tarde el atardecer estaba precioso, hasta las nubes lo hacían más hermoso.

B.D.E.B.

Ricardo Arjona – Acompáñame a estar solo.
Aprender de ellos.

Aprender de ellos.

Siempre me sorprenden, y en muchas ocasiones creo que tenemos mucho que aprender de ellos. No entiende que está pasando, se nota algo extraño y de repente un día pasa.

A partir de ese momento un simple sonido hace que acuda corriendo, una persona extraña y no se separará de su vera. Se convierte en protectora como nunca lo fue (o quizás sí pero de otra manera), sus necesidades no importan, ellos son lo primero.

Cambian sus hábitos diarios por estar a su lado, ofreciendo calor, ofreciendo alimento, arropando para que no se sientan desvalidos.

Recelosa de quienes se acerquen a ellos, defensora y protectora de que nadie pueda hacerles daño. Se asegura después de una caricia y limpia todo rastro del resto, para que solo permanezca el suyo propio, dejando así claro que son de su propiedad.

Son sus primeros días y hay algo de torpeza pero, a diferencia de otros, aprende por si misma y rectifica aquello que no crea conveniente, se guía por su instinto y procura que estén lo más cómodos posible.

Será por un tiempo, hasta que ellos se valgan por si mismos, hasta que sean autosuficientes, entonces ella se hará a un lado y los dejará marchar.

Eso resulta familiar ¿verdad? Creo que en el fondo es porque nos parecemos un poco pero sigo pensando que tenemos mucho que aprender.

B.D.E.B.

Shé – Quédate