
Y siguiendo con el paseo de ayer (hay días que un simple paseo da para mucho), cuando llego a ese lugar que se ha convertido en un rinconcito, una extensión de este «rincón para pensar», mientras café en mano observo el horizonte, ese pequeño velero al fondo, esas montañas, los recuerdos y pensamientos revolotean en mi mente.
Por un momento me gustaría que se quedara quieta, que no se pusiera a sobrepensar. Intento llevar las riendas de los pensamientos y pensar en todo lo que me espera este mes, celebraciones, cumpleaños, el de dos amigos muy queridos, el de alguien que me decepcionó, el de mi sobrino, y los noventa de mi padre el mismo día que yo, bueno, yo el mismo día que él. Noventa ya, un número que se dice rápido pero cuantas vivencias caben en esos años ¿verdad?
Pero por mucho que intente llevar la mente a todo eso, ella me ignora, va a la suya y vuelve a darle vueltas a lo mismo. Ya ni esos ratitos tan míos me pertenecen. Intento hacer caso a todos pero ella no me hace caso a mí.
Así, me entretengo en tomar más fotografías, sin pensar que luego serán ellas las que me recuerden aquello que intentaba dejar de pensar.
Leo un poco, escribo otro poco intentando alejar todo y después comienzo con el paseo de regreso.
A la vuelta se van poniendo unas nubes más, algunas ya no son bonitas como las del amanecer, amenazan lluvia. Me da tiempo a llegar a la cafetería.
Mientras espero el desayuno empieza una lluvia fina, apenas dura unos minutos, suficiente para dejar el corazón mojado.
B.D.E.B.




