Una luz tenue acompaña la noche, silencio y soledad, en breve llegará el bullicio de las noches de agosto, en breve las noches serán distintas, los silencios se convertirán en algarabía y la soledad en multitudes.
Observo mi alrededor con curiosidad, no sé cuando volveré a vivirlo con la misma tranquilidad, con esos momentos para mí misma, para descubrir algo que estaba olvidado en un rincón, para disfrutarlo sin prisas, sin interrupciones.
Y ahí justo es cuando descubro que algunas cosas quedan tenues como esa luz, pero no terminan de apagarse, sólo hay que curiosear un poquito hasta encontrar el regulador que las haga brillar de nuevo.
Después de dos días jugando con las nubes, el cielo estaba despejado, me tumbé observando las palmeras, su sombra cubría mi rostro y cerré los ojos, fue suficiente para comenzar a soñar.
Soñé con aquel lugar, sus palmeras eran distintas, nosotros éramos distintos también, tumbados en aquella playa paradisíaca, soñé con tu sonrisa, con tus dedos acariciando mi mejilla, sujetando mi barbilla, acercando mi rostro al tuyo, el tuyo al mío. Tus ojos brillaban y descubrían intenciones, nuestros labios se fundieron en un dulce beso y en ese preciso instante desperté.
De nuevo estaba en esas otras palmeras, en ese otro lugar, miré a mi lado y tú seguías allí, con tu sonrisa y mirándome fijamente a los ojos.
-Te dormiste, ¿con qué soñabas que se te veía feliz?
Si alguien no te pudiera ver, ¿cómo te describirías?
El paso de los años va dejando surcos en tu piel, líneas marcadas en los momentos de felicidad, aquellas que se forman cuando reímos, algo tan importante en la vida.
Ojos herencia de tu abuela, pequeños, marrones, no destacan como otros, son discretos como tú, pero tienen mucho que decir, son sinceros, brillan cuando estás feliz, se apagan cuando entristeces y se humedecen cuando algo duele o emociona.
Tu pelo siempre fue oscuro y ondulado, ahora se cubre de canas y aunque no eres de las más coquetas, decides cubrirlo y cambiar un poco tu imagen, quizás para gustarte un poco frente al espejo, aunque cada día eso te importa menos, en ti, en el resto hace mucho que dejó de importarte, prefieres un corazón bonito a una cara.
No eres alta, tampoco lo necesitas, por mucho que lo seas nunca llegarás a la luna ni a bailar con las estrellas, para eso simplemente tienes que soñar, soñar bonito.
Las manos, siempre bien cuidadas, quizás es de las partes de tu cuerpo que más prestas atención, no sólo del tuyo, de cualquiera, siempre te fijas en los ojos y después las manos. Si alguna vez cuando converso contigo cara a cara bajo la mirada, ya sabes que busco tus manos. Las manos nos sujetan para caminar juntos, para que no caigamos, cierran el abrazo y acarician, una caricia en el momento exacto quizás se siente más que un «te quiero». ¿Entiendes porqué me importan tanto?.
Un físico sencillo, sin llamar la atención, porque así soy yo, no me gusta llamar la atención, prefiero pasar desapercibida, y quien de verdad le importe se dará cuenta de mi presencia.
A veces me gusta experimentar con las imágenes, quizás «dibujar» ese paisaje que he capturado en dos momentos diferentes, sobreponerlo y ver el resultado, seguro que hay mucho que mejorar pero me entretengo un ratito.
Sobreponer imágenes igual que hacemos con otras cosas, que utilizamos para «tapar» algo o cubrir aquello que no nos gusta y a veces también podemos ir un poquito más allá, y llevarlo al mundo de los sentimientos, cuantas veces dibujamos una sonrisa mientras lloramos por dentro, o mostramos indiferencia ante algo que nos ha hecho daño para que la otra parte no vea nuestra debilidad.
Hoy ponía una imagen encima de otra para ver el resultado final, experimentando, pero en ese otro tema es mejor no experimentar porque termina haciéndonos daño, doliendo y muchas veces hasta confundiendo no sólo a nosotros mismos, también a quienes tenemos cerca, si no le mostramos la imagen correcta, no sabrán si es de día o de noche, si lloramos o reímos, si estamos felices o morimos por dentro.
Porque no es lo mismo querer dibujar ese «paisaje» que vemos en nuestra mente, que dibujar un paisaje distinto al que se encuentra en el corazón, ese es importante mostrar tal y como es, sin filtro, sin sobreponer.
Llegamos como cualquier otro viernes santo a la casa, mis tíos y primos allí estaban esperando y ese señor bajito, regordete y con cara de bonachón, deseando recibir a su hijo mayor y al resto de la familia.
Es curioso porque mi abuela sonreía poco pero él si lo hacía, en cambio en mis otros abuelos era justo lo contrario, a ella se la veía feliz siempre y él (ya le dediqué una entrada) era muy serio y parecía enfadado siempre.
Viernes santo y una tradición, no se puede comer carne y por tanto toca mujol a la brasa. Ese día la cocina era cosa de hombres, mi padre y mi tío se encargaban de poner el pescado en la parrilla y llevarlo a las brasas y mientras él lo vigilaba, mi padre cogía el mortero y a mano preparaba un «all i oli» para chuparse los dedos (nunca mejor dicho, porque así terminaban de comerse el pescado)
Una tradición que recuerdo con especial cariño porque fallecieron mis abuelos y se perdió, aunque mis padres a día de hoy, siguen sin comer carne el viernes santo, pero yo si la perdí del todo, aunque lo que no he hecho ha sido olvidarme.
Cada año cuando llega ese día, en mis recuerdos está esa imagen de la parrilla con los pescados y de mi padre sentado en una vieja silla en la cochera, con el mortero en mano y preparando ese «all i oli».
Hay tradiciones que aunque no las sigamos ya, no quedan en el olvido.