-Vale papá, pero déjame pedirte algo antes de dormir, ¿Me cuentas un cuento?
-Haré algo mejor, te contaré la historia de una niña que mientras todas sus amigas deseaban ser princesas, el sueño de ella era convertirse en una valiente amazona.
-Papi eso no es un cuento, es una historia e aventuras.
-Bueno hija, ya sabes que las historias fantásticas y de aventuras son lo mío, pero déjame contarte…
«Hace años, cuando yo era un niño poco más pequeño que tú, en la ciudad donde vivía tenía una pandilla de amigos, entre ellos había varios niños y niñas.
Habían ratos que jugábamos todos juntos al pilla pilla y a otros juegos del estilo, pero otros ratos las niñas jugaban con sus muñecas, a vestirlas de princesas y soñar despiertas en convertirse algún día en una de ellas.
Mientras tanto los chicos jugábamos a ser valientes caballeros y luchar contra todas las injusticias, una rama de árbol servía de espada y un trozo de cartón de escudo, nos enfrascábamos en batallas contra los malos a los que siempre vencíamos, pero entre todos nosotros había alguien especial, alguien que siempre llevaba una cola de caballo para que el cabello no le impidiera pelear, era ella, una amazona entre tanto caballero.
Sus amigas consideraban que era un poco «rara», no le gustaba llevar vestidos ni lazos en el cabello, no le gustaban las muñecas, prefería los soldaditos de plomo, y mientras todas sus amigas soñaban con un príncipe azul que las rescatara y convirtiera en princesas, ella soñaba por pelear cada día contra los malos y conseguir un mundo mejor.
Esas niñas crecieron y se convirtieron en preciosas jóvenes, incluida ella. Estudiaron y terminaron sus carreras y consiguieron a su «príncipe azul». Se casaron y formaron su familia, menos ella…
Ella estudió, terminó su carrera, se formó y preparó para ayudar a los más necesitados.
Hoy día sigue viajando de país en país donde se requiere ayuda, no lucha con espadas, pelea con fuerza y poniendo su corazón en todo lo que hace.
Prometió hacer del mundo un rinconcito mejor y día a día está poniendo su granito de arena.»
-Me ha encantado la historia, gracias papi.
-De nada cielo, ahora toca dormir.
Salió de la habitación de la niña hacia el salón, se sentó en el sillón con su teléfono en mano
-¡Hey amiga! ¿Qué es de tu vida, por dónde paras ahora?
*No hay mejor cuento que una historia inventada para hacer las delicias de los pequeños, eso es lo que recordarán el día de mañana.
Describe una cosa sencilla que hagas y que aporte alegría a tu vida.
Llegas a casa, después de un día duro, cruzas la puerta y ahí están, dos pequeños torbellinos saltando a tu alrededor, ella no deja de ladrar hasta que la coges al brazo y él corre a subirse al sofá para que tus mimos también le lleguen.
Después de comer o cenar, te tumbas en el sofá y corriendo ella está tumbada encima tuya, él se acurruca a un lado y ahí se quedan durante un rato.
Cuando te mueves, ella baja corriendo a traerte un juguete para que se lo lances, mientras él mira y ni se molesta en ir, sabe que ella no le va a permitir cogerlo, se resigna y te mira y se acerca a ti para reclamar mimos.
En definitiva, estar con ellos, jugar, acariciarlos y darle esos mimos que tanto reclaman, tumbarme y sentirlos cerca, coger a esa negrita en brazos cada vez que me lo reclama…
Ellos aportan esa alegría en la casa que en algunos momentos es tan necesaria, dan mucho más de lo que uno les da, les puedes regañar pero ellos nunca se enfadan contigo, te echan de menos aunque simplemente hayas salido cinco minutos a tirar la basura y mucho más.
¿Cómo sabes que ha llegado el momento de desconectar? ¿Qué haces para que suceda?
Cuando hace un año respondí a este estímulo, estaba convencida de que ese mar lo cura todo, tarde o temprano allí con la mirada perdida consigo desconectar.
Hoy me hago esa pregunta y he tenido que cambiar de estrategia. Sigo teniendo ese maravilloso mar para traer paz a mi vida, para descubrir que cada día amanece y lo hace distinto, pero cuando las cosas pesan tanto llega un momento en el que es preciso compartir la carga para que no nos chafe del todo.
En estos días más que nunca he comprobado que juntos podremos por mucho que duela, por muchas lágrimas que esté costando pero no estamos solos, hay una gran familia (de esa que elegimos nosotros) que está detrás ayudando a llevar el peso, apoyando y sosteniendo que no caigamos.
En estos días se comprueba como te recompensa la gente cuando siempre les has dado un buen trato, como se preocupan por ti y te ayudan en todo lo que está en sus manos para que todo sea un poquito menos complicado, te demuestran que están de tu lado y que cuando otros se aprovecharian de tu debilidad, ellos te ayudan a ser más fuerte.
He comprendido que para desconectar, hay que rodearse de las personas adecuadas, aquellas que te hacen salir un ratito del caos, que te hacen reír pero que a la vez te abrazan cuando lloras.
En estos días me doy cuenta, de que si un día yo di un poquito de mí hoy me vuelve multiplicado por mil.
Esas personas no leeran estas letras, o quizás cuando todo esto pase se las enseñe, pero si van a sentir el agradecimiento porque mientras de un lado alguien te intenta hundir, del otro hay un grupo de personas tirando de ti para no permitirlo.
A su lado desconecto y a su lado la vida es mucho mejor. Gracias.
Digamos que mis trabajos oficiales han sido primero en el taller de una fábrica y a los años pasé a la oficina, ahí seguí hasta que con la crisis la empresa se fue a pique y meses después nos reinventamos y volví a trabajar en la oficina, hasta el día de hoy.
Pero extraoficialmente le echaba una mano a un familiar en la peluquería, mientras estudiaba y así sacaba un dinerillo para mis cosas y hubo una vez que una compañera me ofreció algo sin explicarme mucho más que era una venta de casa en casa.
Se supone que la señora era una conocida de ella y su madre, nos subimos a su coche un Citroën 2 caballos (aquí me doy cuenta lo mayor que soy), y nos fuimos para el Altet, pueblecito de Alicante donde se encuentra el aeropuerto, allí nos repartió unos calendarios de «un supuesto» colegio de niños necesitados y teníamos que venderlos casa por casa, no recuerdo el precio ni lo que nos daban, creo que no vendí más que un par de ellos, porque si empezamos por mi timidez y seguimos porque no sé mentir, y terminaría porque ni me gusta aprovecharme de la gente ni engañarlos…creo que está todo dicho.
Tendría unos 16 años y cuando llegamos a casa y se fue la «señora», le dije a mi amiga que nunca más me dijera de hacer nada parecido.
A día de hoy aún me siento mal cuando lo pienso, y cuando viene alguien por casa o la empresa con algo parecido no me fio para nada de ellos.