Soñé con alcanzarla, con recostarme en su cuarto menguante y cerrar los ojos, desde allí a lo lejos escuché las olas del mar y encontré la paz que necesitaba.
Desperté, sólo fue un sueño, la paz desapareció pero me quedó el mar con el reflejo de ella.
Ojalá llegar hasta ti de un salto, o subir por unas escaleras infinitas, ojalá poder recostarme como en mi sueño.
Mientras tanto me queda el placer de observarte cada noche.
¿Cuál el mayor riesgo que te gustaría correr, pero no te atreves?
No es un riesgo, o quizás sí, pero hay ciertas cosas que me hubiera gustado tener el valor de decir a ciertas personas cara a cara, a esas personas que un día me hicieron daño, para hacer sufrir a otros, porque no importa a quién se lleven por delante para salirse con la suya.
El problema de dejar que la gente te conozca es que después saben atacar donde más duele, porque hay personas que disfrutan con ello, con dañar y jactarse de hacerlo, algo que nunca he entendido y quizás por ello nunca he podido ni podré, ponerme cara a cara y preguntar el «por qué» de hacer estas cosas.
La primera vez que me hicieron daño hace ya unos doce años y prometí no volver a tenerlos en mi vida, un arrepentimiento al cabo de los tres años me hizo romper mi promesa y tragarme mis palabras, no por mí, por esa persona que me lo pidió y no me pude negar.
Sabía que pronto o tarde volvería a pasar, quien es malo de verdad lo seguirá siendo el resto de su vida. No me equivoqué, sólo tuvieron que pasar cuatro años más para que volviera a atacar, esta vez más fuerte, con más ganas y rematando lo que un día se quedó a medias.
Intento ver el lado positivo de ello, ya están fuera de mi vida y esta vez para siempre (no hay persona que me haga cambiar de opinión) pero aún así me gustaría tener el valor suficiente para ponerme delante de ellos cara a cara y decirles lo que realmente opino de ellos. Aunque realmente después lo pienso y no merece la pena, sería darles a demostrar que se salieron con la suya, que me hirieron tanto o más de lo que se propusieron y lo más probable es que yo me pusiera a la altura de ellos y eso no va conmigo, aunque nunca me he sentido mejor que nadie, mala no soy ni quiero serlo.
Entre nosotros, si hay algo que me fastidia (por no decir otra palabra peor) es «tener miedo» a cruzarme con esas personas, a que cuando esto pasa me ponga nerviosa y mi día se torne nublado. ¿Triste verdad?
Ojalá algún día pueda pasar por su lado como si fueran dos desconocidos, creerme que lo intento pero no lo consigo.
Me costó mucho que llegaran a este mundo, por el camino dejé lágrimas, fuerzas y casi toda la esperanza, pero todo lo bueno se hace de rogar y así pasó con ellos, primero uno y tres años después el otro.
Desde el primer momento prometí cuidarles siempre, pero también educarlos con gran parte de los valores que yo había crecido y, hasta el día de hoy, así lo he hecho y seguiré haciéndolo.
Estoy orgullosa de haberme levantado cada vez que me «he caído» pero el mayor orgullo son ellos, de haberles inculcado, enseñado y educado (hasta ahora y seguiré haciéndolo) unos valores que deberían ser importantes para todo el mundo pero no siempre es así, y cada vez que alguien me habla de ellos y me lo recuerda, no os voy a mentir, me siento muy orgullosa de ellos, de que sean la mejor parte de mí que deje en este mundo loco en el que vivimos.
Respeto, fundamental para mí, el respeto a los demás nunca puede faltar, si se pierde perdemos la razón.
Proteger y cuidar a los suyos y al más débil, me consta que lo aprendieron con creces y hasta el pequeño que aún le queda mucho que aprender, no puede con una injusticias y siempre sale a defender a quien sea cuando ve que lo están «maltratando» física o verbalmente.
Amor hacia los suyos, familiares y amigos, los adoran, se preocupan por ellos, a veces incluso no se les puede contar todo porque lo llevan al extremo y lo pasan mal.
Honestidad, sinceridad, empatía, y ayudar en lo que se pueda, ya sea a una vecina a subir la compra o a alguien que esté necesitando algo, o como aquel día…darle unas monedas a quien está pidiendo en la puerta del súper.
Les queda mucho por aprender, mucho camino por andar y mucho que construir, pero creo que a día de hoy tienen los cimientos adecuados y firmes, luchan por lo que creen y por sus sueños, sé que en el camino se podrían torcer pero confío en que sigan como hasta ahora y que por muchas piedras que la vida les ponga en el camino, no se salgan de él, que aprendan a esquivarlas, rodearlas o saltarlas, pero no lo cambien nunca.
Desde pequeña mi timidez se apoderaba de mí, era incapaz de pedir nada si no era a través de mis padres, ni siquiera en casa de mis tíos, cualquier cosa de comer, de jugar, lo que fuera, siempre a través de ellos y no porque a mis tíos los viera poco, al contrario, siempre andábamos toda la familia muy unida a pesar de ser muchos.
Conforme fui creciendo la timidez se diluyó un poco, aún así siempre fui callada, observadora y de ponerme roja cómo un tomate si me echaban algún piropo. Ya en el instituto empecé a ser «yo misma» en el círculo más cercano, hablaba un poco más y hasta me bromeaba con mi gente, pero hasta que no cambié a otro instituto a hacer un grado superior, no pegué el cambio.
Cuando llegué allí todo era nuevo para mí, pero en breve me hice con ello, creamos un grupo que consiguió que sacara mi parte divertida, siempre alegre, la timidez apartada a un lado, hablaba con todos, reía, bailaba, cantaba,… todo aquello que me daba una vergüenza para morirme, con ellos era completamente distinto, quizás porque me animaban siempre para participar en todo y el no hacer todo aquello me hubiera hecho sentir diferente al resto, o quizás porque descubrí otra «yo» que había estado oculta durante mucho tiempo, una divertida, alegre, bromista…
Creo que fue la mejor etapa de mi juventud, todos mis amigos notaron el cambio, hasta mi (por entonces) novio, seguía siendo yo pero con más alegría.
Llegó un día que ciertas personas chafaron todo eso, y a partir de ahí empecé a ponerme una coraza y sabes que no podía comportarme así con todo el mundo, porque esas situaciones había quienes las ridiculizaban y eso me hacía sentir mal, así que aprendí que dependiendo de la compañía, no siempre puedes ser tú, a veces tienes que sacar el lado más serio pero sólo porque no estás con tu gente.
A esa pregunta del día, «Cuéntanos algo que la mayoría de la gente probablemente desconoce de ti», no sé si exactamente será la mayoría, (puede que si) pero lo que gran gente no conoce es mi lado divertido, ese de reír hasta que nos duele la mandíbula, el de cantar, bailar y lo que sea necesario, ese lado bromista, el de soltar algunas «chorradas» de vez en cuando para que la gente se ría contigo, no de ti.
Ese lado lo oculté aquél día y sólo los más cercanos, los que no me fallan, los que siempre están, mi gente, sólo a ellos se lo dejo ver, ellos saben quien soy y como soy, en las buenas y en las malas, y ahí siguen.
De aquellos compañeros perdí el contacto, pero me quedó ese descubrimiento de mi «yo divertida».
B.D.E.B.
*Esta canción era el «himno» de esa pandilla, no podíamos salir de fiesta sin bailarla, cada vez que la escucho me viene a la cabeza la imagen de mi amigo Vicent con su melena al aire cantando y bailando.
Cuando piensas en la palabra «éxito», cuál es la primera persona que se te viene a la mente y por qué.
Para mí el éxito no tiene porque ser sólo para gente popular, ni en materia laboral, es llegar a alcanzar esa meta soñada y por la que has luchado hasta conseguirla, y basándome en esto, son ellos, mis padres.
Mi padre, el mayor de sus hermanos, nacido en una familia bastante humilde. Mi madre, segunda hija pero la mayor de las hembras, sus padres no eran «ricos» pero si tenían tierras y ganado y eso les hacía estar mejor situados.
En aquella época y para según que familias la diferencia social entre ellos era bastante y eso contribuyó a que mi abuelo materno se negara en rotundo a esa relación y mucho más cuando se habló de boda. Incluso le dijo a mi madre que se fuera de casa a vivir con mi padre pero sin casarse (hablamos de finales de los años 50), todo para que se fuera de la casa sin su «dote», mi madre se negó en rotundo y salió de su casa vestida de blanco y camino del altar, su padre le tuvo que dar la dote y otro «regalo» más…la ausencia de él y mi abuela a la boda (no se lo permitió).
Se tuvieron que conformar con una chocolatada en casa de una de sus tías a modo de celebración, pero no importó, estaban casados que era lo importante.
Fruto de su amor tuvieron una primera hija, a la que siguió un varón que tristemente falleció con sólo nueve meses de vida, una muerte que les partió el corazón por completo, aprendieron a vivir con ello pero nunca lo superaron. A día de hoy siguen visitando el cementerio, a kilómetros de distancia, para adecentar el nicho y depositar flores en él.
Después de ese traspiés que les dió la vida tardaron años en volver a ser padres, hasta que nació una servidora, una nueva alegría y tres años después otra de rebote, tres hijas a las que han cuidado, querido y adorado, a las que han criado trabajando duramente, de las que sólo se han separado por trabajo y siempre deseando volver a reunirse con ellas.
Cuidaron de sus mayores hasta los últimos días de vida, incluso de quien tantas trabas les puso, nunca le guardaron rencor, o al menos no lo hacían ver.
Cuidaron de sus nietos, todos varones, cosas de la vida, siempre han estado disponibles para lo que hayamos necesitado, hasta ahora que son ellos quienes necesitan de nosotros, aún así él, lucha cada día con la enfermedad de ella, aún cuando no le quedan fuerzas, pero hizo una promesa un día y estoy segura la cumplirá.
Si se trata de éxito, creo que ellos lo tuvieron con creces, por más piedras que les pusieron en el camino consiguieron su meta, ser felices juntos.